reencausar el conocimiento mao
Credito: Christian Orrego

En los últimos días, Colombia ha vuelto a estremecerse con la participación de
jóvenes en hechos de violencia que enlutan a familias y conmocionan al país, como
ya es costumbre, las redes sociales se llenan de indignación, condenas y llamados a
imponer las máximas sanciones, claro es una reacción comprensible, porque todas
las víctimas merecen justicia, y ningún crimen puede ser minimizado ni mucho
menos justificado.

Sin embargo, mientras el escenario se llena de discusiones sobre qué hacer con el
joven que hoy ocupa los titulares, hay una pregunta que me inquieta aún más:

¿En qué momento un niño deja de soñar con su futuro y comienza a encontrar
sentido en un arma?

No estoy escribiendo estas líneas para defender delincuentes, porque se quien
decide arrebatar una vida, sembrar miedo o hacer parte de una estructura criminal
debe responder por sus actos, las leyes fueron creadas para proteger a la sociedad
y hacer justicia a las víctimas. Pero una cosa es exigir justicia y otra muy distinta
renunciar a comprender por qué Colombia sigue fabricando generaciones enteras de
jóvenes que terminan creyendo que la violencia es un proyecto de vida viable.
Porque antes del delincuente, hubo un niño, Y ese niño no apareció de la nada.
Alguien lo formó… o alguien lo abandonó.

El vacío nunca permanece vacío; siempre habrá alguien dispuesto a llenarlo, así de
simple porque si no lo hace una familia que ame, una escuela que eduque, una
iglesia que anuncie esperanza o una comunidad que acompañe, terminará
haciéndolo una estructura criminal.

Ningún niño nace soñando con ser sicario, extorsionista o integrante de una banda
delincuencial, ningún niño juega imaginando que un día su nombre será noticia por
haber quitado una vida, porque detrás de muchos jóvenes que hoy empuñan un
arma hubo abandono, violencia, rechazo, ausencia de oportunidades, hogares
fracturados o una sociedad que nunca llegó a tiempo.

Las organizaciones criminales conocen muy bien esa realidad, por eso no reclutan
únicamente con dinero, reclutan ofreciendo identidad, reconocimiento, pertenencia y
una falsa sensación de poder, porque allí donde muchos adolescentes nunca
escucharon un «estoy orgulloso de ti», encuentran quien les diga que ahora sí valen,
que ahora sí pertenecen, que ahora sí serán respetados.

Pero ese respeto tiene un precio demasiado alto.

Hay una reflexión que resume esta dolorosa realidad: el mal no suele reclutar
hombres; primero seduce niños para convertirlos en los delincuentes del
mañana, esta es la verdadera tragedia, el crimen organizado no fabrica adultos
violentos de un día para otro; porque durante años cultivaron corazones heridos,
resentidos, solos y convencidos de que el poder nace del miedo.

Quienes conocemos de cerca esos caminos sabemos que detrás de la aparente
valentía suele esconderse un profundo vacío, las armas pueden imponer silencio,
pero jamás producen paz, el respeto obtenido por el miedo siempre dura menos que
la vida de quien decidió empuñarlas. Lo más doloroso es que esas estructuras
nunca entregan el futuro que prometen, entregan cárceles, cementerios, madres
llorando, familias destruidas y comunidades condenadas a repetir el mismo ciclo de
violencia.

Por eso me preocupa que el debate nacional se limite a preguntar qué castigo
merece quien cometió el delito y que nunca nos cuestionemos quién está formando
al próximo joven que ocupará ese lugar. La justicia debe actuar con firmeza, porque
sin ella no hay paz, pero tampoco habrá paz si seguimos ignorando las raíces del
problema.

Cada adolescente que ingresa a una organización criminal es una derrota colectiva y
no porque sea inocente de sus decisiones, sino porque deja en evidencia que
mucho antes de empuñar un arma, fallaron demasiadas manos que pudieron
haberlo guiado.

Vale la pena cuestionarnos: ¿Cuántos niños están creciendo hoy convencidos de
que el miedo genera más respeto que el esfuerzo? ¿Cuántos están aprendiendo que
un fusil vale más que un libro, que una pandilla ofrece más identidad que una familia
o que la violencia produce más reconocimiento que el trabajo honesto?, porque cada
vez que un adolescente cambia un cuaderno por un arma, Colombia pierde mucho
más que un joven.

Pierde un trabajador, un emprendedor, un artista, un maestro, un servidor público, un
padre de familia o un líder que jamás alcanzó a descubrir el propósito para el cual
había nacido. La enseñanza de la palabra de Dios con la que iniciamos este escrito,
no es solo para endilgar responsabilidad a los padres; también interpela a toda una
sociedad, porque todas las generaciones son formada por alguien.

La pregunta seguirá siendo quién llegará primero al corazón de nuestros niños: una
familia que los ame, una iglesia que les anuncie esperanza, una escuela que los
inspire, una comunidad que los abrace… o una organización criminal que les venda
la falacia de que un arma vale más que una vida.

Escribo estas líneas convencido de que ningún joven necesita que le aplaudan el
delito; necesita que alguien llegue a tiempo para mostrarle que existe un camino
mejor, porque siempre será más valiente quien decide construir vida que quien
aprende a sembrar muerte, no los justifico, las víctimas merecen justicia, verdad y
reparación pero tampoco puedo dejar de preguntarme cuántos niños seguimos
perdiendo mucho antes de que aparezcan en un titular.

Porque cuando un adolescente empuña un arma, el crimen ya ganó una batalla que
comenzó muchos años atrás. Y mientras Colombia siga reaccionando únicamente
cuando escucha el primer disparo del ultimo eslabón de la cadena, seguiremos
llegando demasiado tarde para salvar el primer corazón.

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