Reflexionando después de esta primera vuelta presidencial, noto que hay quienes
afirman que advertir sobre los riesgos de la polarización es hiperbolizar; que hablar
de tensión social es alarmismo y que recordar las heridas del pasado es vivir
anclados al miedo, pero ojalá fuera así.
Quienes hemos vivido la violencia y la hemos sobrevivido, podemos asegurar que
esta rara vez llega, anunciándose como guerra; siempre aparece disfrazada de
consignas y discursos que alimentan el resentimiento, de arengas narrativas que
convierten al contradictor en enemigo y de líderes que pretenden convencer a los
ciudadanos de que la confrontación es el único camino legítimo.
Yo ya vi ese camino, a los doce años, en el departamento del Meta; durante la época
de las llamadas «pescas milagrosas», vi de cerca el horror que sembró el Frente 53
de las FARC bajo las órdenes de “alias Romaña”, a quien tuve de frente, uno de los
comandantes más sanguinarios, temidos y violentos de esa organización criminal.
Fui testigo ocular de cómo esos hombres armados detenían vehículos, incineraban
automotores y decidían, con la frialdad de quien se siente dueño del destino ajeno,
sobre la vida y la libertad de las personas. Mi tío tuvo que pagar lo que cínicamente
llamaban «impuestos revolucionarios» para evitar que yo me convirtiera en uno más
de los 18.677 niños y niñas reclutados por las FARC. Hoy sé que estoy vivo gracias
a la misericordia de mi Señor Jesús y a aquella decisión que llevó a mi tío a la
pobreza, pero que me salvó de una realidad que marcó para siempre mi vida y
la de millones de familias colombianas.
Esa experiencia dejó una huella imborrable en mi vida; me enseñó que detrás de los
discursos de presunta lucha popular y protección al pueblo, quienes terminan
pagando el precio más alto son siempre los más humildes, los trabajadores, los
campesinos y las familias que solo quieren vivir en paz.
Año después, en Medellín, viviendo en Juan XXIII La Quiebra, en la comuna 13, y
no hablo de la comuna turística que hoy admira el mundo, ni de las escaleras
eléctricas que se convirtieron en símbolo de transformación; hablo de la comuna que
conocí: la de la pobreza, el miedo, las balas y el control ejercido por grupos armados
y milicias urbanas vinculadas a las FARC y al ELN, quienes también afirmaban
actuar en nombre del pueblo. Muchos crecimos viendo cómo la autoridad de las
instituciones era reemplazada por la imposición de estos grupos, cómo el miedo
condicionaba la vida cotidiana y cómo el silencio se convertía en un mecanismo de
supervivencia. Allí aprendí una lección que nunca he olvidado: Cuando
las instituciones se sustituyen, la libertad termina desapareciendo para todos.
Por eso me preocupa profundamente lo que está ocurriendo hoy en Colombia. Me
preocupa ver cómo vuelven a presentarse disturbios en algunas universidades,
escenarios que deberían estar dedicados al conocimiento, al pensamiento crítico y a
la formación de las nuevas generaciones. Me preocupa la presencia de milicias
urbanas pertenecientes a corrientes radicales que, a través de sus arengas y discursos cada vez más confrontacionales y mensajes cargados de polarización,
buscan convertir las diferencias políticas en enfrentamientos entre colombianos.
Lo más grave es que, en medio de esa dinámica, los primeros afectados terminan
siendo miles de estudiantes que ven interrumpido su derecho fundamental a la
educación. Ninguna causa política, por legítima que se considere, debería justificar
que se cierre el camino del aprendizaje, el debate libre y la construcción de
oportunidades para quienes precisamente necesitan de la educación para
transformar su futuro.
Como lo advertí en 2021, el Paro Nacional nació de un inconformismo legítimo de
miles de ciudadanos frente a problemáticas sociales reales, muchas de las cuales
hoy no solo persisten, sino que se han profundizado; sin embargo, con el paso de
los días, sectores radicalizados, estructuras urbanas ilegales y diversos intereses
políticos terminaron instrumentalizando parte de ese descontento ciudadano,
derivando en episodios de violencia, bloqueos, enfrentamientos y una polarización
que aún hoy mantiene heridas abiertas en la sociedad colombiana. Por eso, en esas
circunstancias y en ese momento se escogió el camino de la paz.
La lección sigue vigente
Porque las transformaciones sociales se construyen con liderazgo, educación,
empleo y diálogo, no mediante el caos ni estrategias donde el miedo es el motor.
Soy una persona con sensibilidad social y creo firmemente en el progreso de las
bases populares; creo en que cada colombiano merece oportunidades reales para
estudiar, trabajar y emprender, pero no en el asistencialismo que genera
dependencia, ni en los discursos que convierten a las personas en víctimas
permanentes. Creo en la capacidad de superarse con libertad, responsabilidad y
esfuerzo; soy fiel testimonio de esto y sé que no soy el único.
A pocos días de una nueva elección, es urgente hacer un llamado a la serenidad;
no es un crimen pensar diferente, podemos votar distinto y defender proyectos
políticos opuestos; eso es precisamente la democracia. Lo que no podemos permitir
es que el odio o la confrontación vuelvan a imponerse sobre la convivencia. Las
elecciones pasarán, pero Colombia permanecerá; cuando este debate termine,
seguiremos siendo vecinos, compañeros de trabajo, amigos y compatriotas
compartiendo las mismas calles y los mismos sueños para nuestros hijos. No hablo
desde una ideología, hablo desde la experiencia. Primero, Colombia. Primero la
democracia.

