Recuerdo cuando, desde la oposición y durante la campaña, quienes hoy gobiernan Pereira cuestionaban con vehemencia muchas de las decisiones de las, administraciones anteriores, especialmente en materia de seguridad. Se afirmaba que era posible hacer las cosas mejor, que llegaría una nueva forma de gobernar y
que los problemas históricos de la ciudad tendrían soluciones reales.
Como ciudadano escuché esas promesas; como líder social esperé que se cumplieran y, como alguien que tuvo el privilegio de participar en la construcción de varias políticas públicas para Pereira, no puedo permanecer indiferente frente a una realidad que considero profundamente preocupante.
No pretendo defender gobiernos anteriores. Todas las administraciones han tenido aciertos y errores. Sin embargo, una cosa es cuestionar el pasado y otra muy distinta es llegar al gobierno sin demostrar, con resultados, que aquellas críticas podían traducirse en una mejor gestión.
Hoy Pereira enfrenta una realidad que ningún ciudadano puede desconocer. La percepción de inseguridad y los hurtos se han convertido en una de las principales preocupaciones de comerciantes, trabajadores, estudiantes y familias. Basta recorrer diferentes sectores de la ciudad para escuchar historias de robos, temor y pérdida de confianza.
La seguridad no se fortalece con discursos ni con operativos esporádicos; se fortalece cuando las decisiones públicas producen resultados visibles y sostenibles. Sería irresponsable afirmar que esta situación tiene una única causa o señalar a una sola población como responsable de todos los problemas que vive la ciudad. La seguridad ciudadana es un fenómeno complejo que involucra factores sociales, económicos e institucionales. Pero tampoco podemos ignorar que, cuando las políticas públicas de prevención, atención y rehabilitación pierden continuidad, las problemáticas sociales terminan profundizándose y afectan la convivencia, el espacio público y la tranquilidad de todos.
Tuve la oportunidad de conocer de primera mano la construcción e implementación de la Política Pública para Habitantes de Calle, en la que participaron instituciones, profesionales, organizaciones sociales y ciudadanos comprometidos para diseñar una hoja de ruta seria, técnica y profundamente humana. Fue concebida no para favorecer a un gobierno de turno, sino para convertirse en una política pública al servicio de Pereira.
Por eso resulta desalentador observar cómo varios de esos procesos fueron
perdiendo continuidad y cómo una política que había comenzado a generar resultados dejó de ocupar el lugar estratégico que debía tener dentro de la administración. Lo afirmo porque fui testigo de que la transformación sí es posible.
Durante meses de trabajo permanente vimos personas culminar su primaria y su bachillerato, iniciar estudios superiores, conseguir empleo, recuperar su autoestima, reconstruir sus vínculos familiares y comenzar una nueva vida. Gracias a las jornadas constantes de intervención social, muchos habitantes de calle aceptaron ingresar voluntariamente al refugio y a la granja para iniciar un proceso integral de restauración.
No todos permanecieron, porque cada historia tiene desafíos distintos. Sin embargo, cada vida recuperada demostraba que el camino correcto no era abandonar estas políticas, sino fortalecerlas.
La verdadera seguridad no comienza cuando una persona es retirada temporalmente de la calle; comienza cuando deja de necesitar la calle para vivir.
Por eso, una política pública para habitantes de calle nunca debe entenderse exclusivamente como un programa asistencial. Desde su concepción fue una estrategia de seguridad humana y de convivencia ciudadana. Cada persona que lograba superar una adicción, recuperar su dignidad, encontrar un empleo o regresar a su familia representaba una oportunidad para fortalecer el tejido social y reducir las condiciones que alimentan la exclusión. Toda política social bien implementada termina convirtiéndose también en una política de seguridad.
Como creyente, sé que ninguna política pública, por bien diseñada que esté, puede transformar por sí sola el corazón del ser humano. Puedo testificar que esa obra le pertenece únicamente a Jesucristo. Sin embargo, también estoy convencido de que Dios utiliza personas, instituciones y comunidades dispuestas a servir para acercar a quienes han perdido la esperanza a ese encuentro único que puede restaurar la
vida.
Ese fue el privilegio que muchos tuvimos la oportunidad de presenciar. Nunca vimos únicamente habitantes de calle ingresar a un refugio; vimos padres reencontrarse con sus hijos, hijos volver a abrazar a sus madres, personas descubrir que todavía eran valiosas y comprender que su historia no estaba escrita por el fracaso. Porque donde la sociedad suele ver casos perdidos, Dios sigue viendo vidas por las que el murió y a las que sigue llamando al arrepentimiento y a la salvación.
Precisamente por eso hago un llamado a quienes libremente decidimos invocar el nombre de Dios en el escenario público. Con ello asumimos una responsabilidad mayor: demostrar, mediante nuestras decisiones, la justicia, la misericordia y la
compasión que proclamamos.
La fe nunca puede convertirse en un recurso retórico ni en un elemento de conveniencia política. La fe se hace visible cuando dignifica al ser humano, especialmente al más vulnerable.
Olvidamos con demasiada facilidad que las personas que hoy habitan la calle no dejaron de ser seres humanos. Son hijos, hijas, padres, madres, hermanos, abuelos; forman parte de familias que también sufren.
Nadie nace soñando con vivir sobre un andén. Detrás de cada rostro existe una historia de dolor, abandono, violencia, adicciones, enfermedad o decisiones equivocadas. Pero ninguna circunstancia, ningún calificativo ni ninguna expresión de menosprecio les arrebata la dignidad con la que fueron creados por Dios.
Del mismo modo, también es un error creer que la condición de habitante de calle se limita únicamente a quien duerme bajo un puente. Existen personas que lo perdieron todo y terminaron viviendo en una acera.
Pero también existen personas rodeadas de comodidades y aparentes lujos materiales cuyo corazón permanece vacío y cuya vida carece de paz, propósito, esperanza y empatía. Todos somos vulnerables.
Nadie está completamente exento de caer cuando se aleja de Dios, de su familia, de una comunidad que lo sostenga o de una mano dispuesta a levantarlo.
La Escritura nos recuerda: «Abre tu boca por el mudo, en el juicio de todos los desvalidos. Abre tu boca, juzga con justicia y defiende la causa del pobre y del necesitado.» Proverbios 31:8-9
Ese mandato no distingue entre ciudadanos, iglesias o gobernantes. Es un llamado para todo aquel que ha decidido asumir la responsabilidad de servir.
Y el propio Señor Jesucristo nos enseñó: «Porque el Hijo del Hombre vino a buscar y a salvar lo que se había perdido.»
Él jamás vino a esconder al perdido, ni a utilizarlo como argumento político, ni a despreciarlo, ni a rechazarlo, ni a desecharlo.
- Vino a buscarlo.
- Vino a restaurarlo.
- Vino a devolverle la esperanza.
- Y, sobre todas las cosas, vino a salvarlo.
Cristo nunca llamó escoria a quienes la sociedad había descartado. Nunca les puso un rótulo para justificar su indiferencia. Se acercó a ellos, los llamó por su nombre, los restauró y les devolvió la dignidad.
Ese sigue siendo el modelo perfecto para quienes decimos seguirlo y también para quienes han recibido la responsabilidad de gobernar.
Pereira necesita menos confrontación política y más continuidad en las políticas públicas que han demostrado resultados. Necesita menos discursos y más decisiones; menos improvisación y más compromiso con la dignidad humana.
Las ciudades no se transforman únicamente mediante operativos de control, estrategias de choque o estadísticas. Se transforman cuando quienes gobiernan comprenden que el verdadero liderazgo consiste en servir antes que señalar, en restaurar antes que excluir y en cumplir mucho más de lo que se promete.
La calle no siempre comienza en un andén. Muchas veces comienza cuando una
sociedad deja de mirar al otro como un ser humano.
Hay personas que habitan la calle porque lo perdieron todo; pero también existen sociedades que, aun conservándolo todo, han perdido la compasión y la misericordia. Y esa también es una forma de pobreza.
Como cristiano, creo firmemente que ninguna ciudad podrá llamarse verdaderamente justa mientras la dignidad humana dependa de la utilidad que otros encuentren en las personas. El valor del ser humano nunca ha estado determinado por su condición social, su pasado o sus errores; está determinado por el amor con el que fue creado y por el precio que Jesucristo pagó en la cruz para ofrecerle salvación.
Por eso, el verdadero desafío de una sociedad no consiste únicamente en sacar personas de la calle, sino en impedir que la indiferencia saque la humanidad de nuestros corazones.
Finalmente, espero que Pereira nunca sea recordada por la dureza con la que juzgó a los más vulnerables, sino por la valentía con la que decidió extenderles la mano. Porque el verdadero progreso de una ciudad no se mide únicamente por sus obras, sus cifras o sus indicadores. Se mide por la manera en que trata a quienes no tienen voz, ni poder, ni quien los defienda.
Solo cuando entendamos que la seguridad y la compasión no son caminos opuestos, sino complementarios, comenzaremos a construir una ciudad verdaderamente más segura, más humana y más justa. Ese fue el camino que trazó nuestro Señor Jesucristo.
- Él nunca vio primero el problema. Vio primero a la persona.
- Nunca comenzó por condenar. Comenzó por acercarse.
- Nunca preguntó primero por el pasado. Ofreció primero esperanza.
- Nunca llamó desechable a quien la sociedad había descartado. Lo llamó por su nombre.
- Lo buscó.
- Lo restauró.
- Y le ofreció una vida nueva.
Ese sigue siendo el modelo perfecto para quienes afirmamos seguirlo. Y también debería ser el modelo para quienes hemos recibido la responsabilidad de servir desde cualquier escenario público.
Porque el Hijo del Hombre sigue viniendo a buscar y a salvar lo que se había perdido. Y mientras Cristo siga viendo personas donde el mundo solo ve problemas, la Iglesia nunca podrá renunciar a mirar con sus ojos.
Que Dios conceda la sabiduría para gobernar con justicia, la sensibilidad para servir con misericordia y la valentía para recordar que la verdadera seguridad siempre comenzará donde la dignidad humana sea protegida y donde el amor de Cristo encuentre corazones dispuestos a extender la mano al que ha caído.


