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Las elecciones suelen ser uno de los momentos de mayor vehemencia en la vida democrática de una nación, ya que mediante estas campañas se confrontan ideas, proyectos, visiones distintas de un país; pero los ciudadanos una vez hayan expresado su voluntad en las urnas, comienza una etapa de igual importancia: la convivencia democrática.

En una sociedad es normal que existan diferencias políticas, religiosas, culturales, que de hecho fortalece la diversidad de opinión al debate público y enriquece la construcción global de soluciones, no obstante, cuando las diferencias se transforman en enemistades o en una incapacidad para reconocer la razón del otro, la democracia pierde parte de su esencia.

La estabilidad institucional no es únicamente de quienes ejercen el gobierno, también requiere una oposición responsable, de ciudadanos informados y de un debate público que permita expresar diferencias sin la descalificación constante y la polarización excesiva sin contribuir al fortalecimiento democrático.

Colombia enfrenta retos económicos, sociales y de seguridad que demandan la participación de todos los sectores; ningún sector tiene por si solo todas las respuestas, por lo cual el entendimiento y la búsqueda de puntos comunes continúan siendo herramientas fundamentales para avanzar como sociedad, con el derecho que tenemos como ciudadanos de expresar nuestras opiniones, tenemos también la responsabilidad de hacerlo dentro del marco del respeto; reconociendo que el diálogo y los acuerdos siguen siendo el camino para resolver aquellas diferencias.

Más allá de las preferencias ideológicas, el verdadero desafío consiste en construir un ambiente donde las ideas compitan sin que los ciudadanos se conviertan en adversarios irreconciliables. Una democracia sólida no se caracteriza por la ausencia de diferencias, sino por la capacidad de administrarlas con madurez, respeto y sentido de país.

Al final las elecciones pasan, los gobiernos cambian y las campañas terminan, pero la nación permanece. Por ello, la convivencia debe convertirse en un compromiso permanente, entendiendo que el futuro de Colombia se construye no desde la división, sino desde la capacidad de convivir en medio de nuestras diferencias.

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