Hay personas que creen que para encontrarse con lo más profundo de sí mismas necesitan apartarse del ruido, cerrar la puerta, guardar silencio y detener el mundo por unos minutos. Y tienen razón. Desde hace miles de años, las grandes tradiciones espirituales han enseñado el valor de la meditación, la contemplación y la oración como caminos para regresar al centro de uno mismo.

Pero ¿y si ese fuera apenas el comienzo?

Tal vez el mayor regalo de una práctica espiritual no sea el tiempo que dedicamos a ella, sino aquello que ocurre cuando termina. De poco serviría experimentar unos minutos de paz si, al volver a la rutina, recuperamos el afán, la ansiedad y la desconexión de siempre. Empiezo a pensar que el verdadero propósito de la meditación no es enseñarnos a salir de la vida, sino a regresar a ella de otra manera.

Eso cambia muchas cosas.

Significa que caminar hacia el trabajo puede convertirse en un espacio de conciencia. Que preparar los alimentos para la familia puede ser un acto de gratitud. Que lavar los platos, cuidar un jardín, escuchar con atención a un amigo o sostener la mano de quien sufre pueden ser también momentos de profunda conexión interior.

No porque esas actividades reemplacen la meditación. Todo lo contrario. Porque una meditación auténtica termina transformando la manera en que habitamos cada instante.

Y, sin embargo, tengo la impresión de que hoy está ocurriendo algo más. No sé si se trate de un cambio en el mundo o de un cambio en nosotros. A veces pienso que lo sagrado no espera a que meditemos para acercarse – que ya estaba ahí, y que solo hasta ahora aprendo a notarlo. No tengo cómo probarlo. Solo sé lo que me pasó a mí hace unas semanas, lavando platos a las diez de la noche, sin ninguna intención de meditar: el agua tibia, el ruido de la loza, y de repente una quietud que no había ido a buscar. No la nombré entonces. La nombro ahora, escribiendo esto.

Esa posibilidad no disminuye el valor de la meditación; lo engrandece. Porque deja de ser un refugio al que acudimos por unos minutos para convertirse, poco a poco, en parte de la vida misma, y no solo en un paréntesis dentro de ella.

Si eso es verdad, entonces la invitación no consiste en meditar menos. Consiste en dejar que la meditación haga su trabajo silencioso hasta que un día, lavando platos, la encontremos ahí, sin haberla llamado.

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