“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad, estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo.” Filipenses 2:3
Debemos reconocer que una tragedia no termina cuando las sirenas dejan de sonar, continúan los escombros, las familias sin vivienda, los emprendimientos intentando reabrir y un departamento entero preguntándose cuánto tardará en recuperar la vida que tenía.
Todo ciudadano está legitimado para reclamar, preguntar dónde están las ayudas, cuánto ha llegado, quién responde y por qué algunas familias todavía esperan, porque eso es democracia, pero una cosa es ejercer control y otra muy diferente convertir el dolor en una munición política.
En los últimos días hemos observado denuncias relacionadas con la atención del terremoto y al mismo tiempo, explicaciones de las autoridades frente a recursos, registros, subsidios y gestiones adelantadas, porque incluso la Gobernación y Alcaldía reafirmaron públicamente que la reconstrucción exige de trabajar juntos y dejar los intereses políticos en segundo plano y aquí surge un problema que trasciende a Risaralda.
Aunque las malas prácticas hayan desdibujado la forma de hacer política, su deber ser continúa ligado al servicio y al bien común, porque en su sentido más noble, la política debería realmente convencer con propuestas, con obras, con resultados y la palabra cumplida; no con el ruido permanente, ni con la necesidad de desacreditar al otro para intentar regresar al poder.
La verdadera oposición no consiste en desear que un gobierno fracase, exigir resultados tampoco significa negar lo que sí se ha hecho y querer volver a gobernar jamás debería convertir el sufrimiento de las personas en una oportunidad electoral.
Sería saludable que quienes han ocupado posiciones de poder hicieran también un ejercicio de introspección, sobre el impacto de sus propias administraciones, resulta paradójico olvidar el pasado institucional y aparecer después con soluciones mágicas para problemas que tampoco fueron resueltos cuando se tuvo la oportunidad de hacerlo.
La política no debería parecer un bochinche de barrio donde todos hablan del otro, todos critican al otro y nadie recuerda que miles de familias continúan esperando soluciones, Risaralda necesita crítica firme, pero responsable; periodismo que investigue, ciudadanos que exijan y gobernantes que respondan.
Porque resulta lamentable que, mientras muchos trabajan para levantar el departamento, otros parezcan necesitar verlo en el suelo para poder señalar; después de una tragedia, la política tiene la obligación moral de actuar con altura, porque reconstruir un departamento es demasiado serio para convertirlo en una campaña.


