Por: Luis Alberto Vargas Ballén
La reactivación de la Región Administrativa y de Planificación (RAP) del Eje Cafetero ha encendido las alarmas sobre el enfoque con el que los gobernadores de Caldas, Quindío, Risaralda y Tolima pretenden guiar el desarrollo de la región. El pliego de peticiones que los mandatarios preparan para el Gobierno nacional parece diseñado para una gran zona franca y no para un territorio donde habitan seres humanos: carreteras, trenes, aeropuertos y plataformas logísticas configuran una agenda volcada por completo a la infraestructura y al movimiento de mercancías, dejando en un peligroso segundo plano lo verdaderamente fundamental: garantizar la vida.
Resulta contradictorio, por no decir indolente, que mientras se proyectan millonarias obras civiles, la propia RAP admita que 43 municipios de la región enfrentan un riesgo inminente de desabastecimiento de agua potable, y que cientos de miles de campesinos sigan consumiendo agua no apta para el consumo humano. ¿De qué sirven las autopistas más modernas si los grifos de los hogares rurales están secos o contaminados?
Hoy el Eje Cafetero carece de una agenda institucional equivalente y robusta para proteger sus cuencas hídricas, modernizar los acueductos locales, construir plantas de tratamiento de aguas residuales (PTAR) o mitigar la alarmante crisis regional de las basuras, con rellenos sanitarios al borde del colapso como Andalucía y La Glorita.
El Paisaje Cultural Cafetero no puede convertirse en una simple «autopista paisajística» ni en un territorio de sacrificio entregado a la especulación inmobiliaria, al pseudoturismo y a la gentrificación que desplaza a sus habitantes originarios. Su verdadera riqueza reside en sus campesinos y en sus cafetales, y a ellos es a quienes se debe proteger primero.
El llamado a los gobernadores regionales es urgente: hay que reorientar las prioridades. Primero está el agua —potable y para todos—, el saneamiento de los vertimientos, la gestión de residuos hacia el horizonte de basura cero y la protección ambiental. Una vez asegurados estos límites vitales, bienvenida sea la infraestructura. Sin agua no hay competitividad, no hay turismo, no hay economía y, sencillamente, no hay vida. Primero el agua, primero la vida.


