Un profundo clima de incertidumbre y malestar social se registra en el departamento de Risaralda tras cumplirse un mes de las afectaciones que dejaron a miles de personas en situación de vulnerabilidad. Diversos voceros comunitarios y habitantes de la región han manifestado abiertamente su inconformismo frente a la gestión de la crisis por parte del Gobierno Nacional, señalando directamente al presidente Abelardo de La Espriella por el presunto incumplimiento de los compromisos asumidos en el territorio. A pesar de que el jefe de Estado ha realizado tres visitas oficiales a la zona damnificada con el propósito de evaluar los daños y anunciar soluciones inmediatas, los pobladores sostienen que las promesas no se han traducido en acciones efectivas ni en un alivio tangible para la población perjudicada.

La magnitud de la crisis humanitaria queda en evidencia al revisar las cifras operativas que se manejan en los municipios más afectados de la zona metropolitana. Tan solo en la ciudad de Pereira se contabilizan actualmente cerca de 24.000 familias afectadas, un volumen masivo de ciudadanos que vieron comprometidos sus hogares y sus medios de subsistencia. Por su parte, en el municipio vecino de Dosquebradas, al menos 12.000 familias permanecen a la espera de recibir el subsidio de arriendo temporal, un auxilio vital programado para amortiguar la contingencia mientras se definen soluciones habitacionales permanentes. En conjunto, son más de 36.000 familias risaraldenses las que atraviesan un panorama crítico, marcado por la falta de recursos económicos y el continuo aplazamiento de las soluciones estatales.

Promesas gubernamentales sin ejecutar y déficit en los recursos girados

Entre las principales promesas efectuadas durante los recorridos presidenciales por el departamento se destacaban tres compromisos de impacto directo: la exoneración o gratuidad en el pago de servicios públicos durante un periodo de tres meses, la asignación prioritaria de subsidios para el mejoramiento de vivienda y la entrega ágil de cánones de arrendamiento temporal. Sin embargo, a cuatro semanas de haberse anunciado estas directrices, la ciudadanía reporta que ninguno de estos beneficios ha entrado en funcionamiento, generando desconcierto en las áreas impactadas, donde los cobros de servicios y el deterioro de las infraestructuras residenciales continúan representando una carga económica imposible de asumir.

A la falta de ejecución de los beneficios inmediatos se suma un severo desbalance en el giro de los fondos presupuestales. Según los datos oficiales, apenas hasta la semana pasada la Nación transfirió a la Gobernación de Risaralda la suma de $13.694 millones destinados exclusivamente al rubro de arrendamientos. Esta cifra contrasta drásticamente con las necesidades reales proyectadas por las autoridades territoriales, pues se calcula que el costo efectivo para cubrir tan solo un mes de subsidios de arriendo supera los $37.000 millones. Esta enorme brecha financiera significa que los recursos asignados hasta la fecha resultan sustancialmente insuficientes para abarcar la demanda real, dejando desamparada a una amplia mayoría de la población vulnerable que depende de estos giros para no quedar en la calle.

Irregularidades en el registro de damnificados y deterioro del bienestar social

La problemática institucional se agrava aún más debido a las deficiencias detectadas en la fase de identificación y caracterización de los afectados. Múltiples denuncias ciudadanas apuntan a que un número considerable de personas damnificadas no ha sido incluido en el Registro Único de Damnificados, la plataforma oficial obligatoria para acceder a cualquier tipo de auxilio estatal. La ausencia de este censo actualizado impide que cientos de hogares figuren en las bases de datos nacionales, quedando marginados de la ayuda humanitaria básica y prolongando indefinidamente la tramitación de su condición ante las entidades competentes.

El impacto humano de esta parálisis administrativa es severo y visible en las calles. Transcurrido un mes completo desde el evento inicial, la estampa cotidiana en Pereira y Dosquebradas muestra a mujeres, niños y adultos mayores viviendo en carpas improvisadas, sometidos día y noche a inclemencias climáticas extremas como el sol incansable y las intensas lluvias. La permanencia a la intemperie en asentamientos temporales sin condiciones sanitarias ni protección adecuada ha desatado duras críticas hacia la efectividad del aparato estatal. La ciudadanía y diversos sectores sociales elevan un enérgico llamado de atención al presidente Abelardo de La Espriella, cuestionando la efectividad de las promesas sin sustento presupuestal inmediato y exigiendo la presencia urgente de las instituciones de orden nacional para girar la totalidad de los fondos, agilizar la caracterización de las víctimas y garantizar un trato justo y digno a la población de Risaralda.

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