Por: Jorge Mario Forero Botero

Hoy Zarzal atraviesa uno de esos momentos que producen dolor, indignación y silencio. Hay una familia viviendo una pérdida irreparable, y cualquier reflexión debe comenzar respetando su duelo, sin convertir el sufrimiento de un niño en espectáculo, rumor o argumento político.

Pero respetar ese dolor no significa permanecer indiferentes. También debe llevarnos a preguntarnos qué sociedad estamos construyendo y qué estamos haciendo —o dejando de hacer— para proteger a nuestros niños, niñas y jóvenes.

La seguridad no se construye únicamente con vigilancia y reacción institucional. También se fortalece cuando un niño encuentra una cancha, un entrenador, una escuela de música, una biblioteca o un espacio cultural donde descubrir sus capacidades. Cuando tiene acceso a educación, ciencia, tecnología e innovación. Cuando encuentra adultos que lo escuchan, instituciones que lo acompañan y oportunidades que le permiten imaginar un futuro.

También comienza en la familia: con presencia, conversación, afecto, límites y valores. Y requiere enseñar algo que durante mucho tiempo dejamos en segundo plano: reconocer las emociones, gestionar la frustración, respetar las diferencias, resolver los conflictos sin violencia y pedir ayuda cuando sea necesario.

Nada de esto permite afirmar que una acción aislada habría impedido una tragedia
concreta. Los hechos deben ser esclarecidos por las autoridades. Sin embargo, sí podemos reconocer que la protección de la niñez exige entornos familiares, comunitarios e institucionales más fuertes.

Tampoco podemos trasladar toda la responsabilidad a la Alcaldía, la Policía, los colegios, el ICBF, las iglesias o las familias. Ningún actor puede enfrentar solo problemas sociales cada vez más complejos. Necesitamos reconstruir comunidad y articular a las instituciones educativas, organizaciones sociales, empresas, universidades, iglesias, familias y Estado.

Después de cada tragedia aparecen reuniones, anuncios, campañas y buenas intenciones. Lo difícil es sostener el esfuerzo cuando disminuye la conmoción. Transformar realidades requiere planeación, recursos, acompañamiento psicosocial, seguimiento y políticas que permanezcan más allá de las personas y de los gobiernos.

Necesitamos más espacios seguros, deporte, cultura, educación, oportunidades y formación emocional. Pero, sobre todo, necesitamos que cada niño sepa que su vida importa, que puede ser escuchado y que no está solo. Nuestra indignación es humana. Convertirla en compromiso colectivo es nuestra responsabilidad.

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