Pocas veces nos atrevemos a cuestionar este concepto: que servir a otros es, en sí mismo, una virtud. No siempre lo es.
He visto personas que viven para los demás -siempre disponibles, siempre resolviendo, siempre dando- y, sin embargo, no están bien. Están cansadas. Irritadas. A veces, profundamente solas. Algunas no saben qué hacer un domingo si nadie les pide ayuda. Pero siguen sirviendo. Para estas personas dejar de hacerlo las confrontaría con una pregunta demasiado molesta: ¿qué pasa conmigo cuando no estoy ocupada en los otros?
El servicio, cuando no se revisa, puede convertirse en una forma elegante de evasión: De uno mismo. De los propios límites. De las propias necesidades no atendidas. No suena tan noble decirlo así. Pero es más honesto.
En nuestra sociedad desde antaño se ha sostenido la idea de que dar sin medida es un valor representativo para exaltar una persona. Que pensar en uno era un acto egoísta. Hoy, en reacción, aparece la idea contraria: primero yo, después -si estoy bien, si sobra algo- los demás.
Ninguna de las dos resuelve nada. La primera rompe a la persona. La segunda la aísla. Y en ambos casos, el servicio deja de ser un acto libre para convertirse en una carga… o en una ausencia.
Tal vez por eso la pregunta que repetimos está mal enfocada: ¿el servicio debe empezar por mi o por los otros? Podría ser mejor: ¿el servicio si lo que hago por otros nace de un lugar habitable dentro de mí? Porque hay una diferencia muy sutil, pero definitiva entre servir desde la plenitud y servir desde la carencia.
Desde la carencia, el servicio busca compensar: reconocimiento, pertenencia, validación. Se da mucho, pero nunca alcanza. Siempre queda una sensación de deuda, de desgaste, de no ser suficiente. Y lo más inquietante: quien sirve así suele ser admirado por su entrega.
Desde la plenitud, el servicio no intenta llenar un vacío. Expresa algo que ya está en orden. No necesita sostener una identidad ni demostrar nada, ni esperar nada. Y, sin embargo, no siempre es visible, porque no hace ruido.
Por fuera, ambos pueden parecer iguales. Por dentro, no tienen nada que ver. Y esa diferencia no se mide en cuánto das… sino en cómo te quedas después de dar. Si quedas vacío, hay algo que mirar. Si quedas en paz, probablemente no. A estas preguntas nadie puede responder por ti. No hay fórmula, no existe paso a paso que funcione para todos. Hay, en cambio, una tarea constante: revisar desde dónde estás sirviendo.
El servicio que no te esconde de ti, ni te evita sentir, tampoco te protege de ti, de no mirarte. Ahí deja de ser un acto hacia otros… y se convierte en un lugar más íntimo, más exigente, incómodo al que, tarde o temprano, hay que volver. La pregunta es si, cuando eso pase, vas a querer quedarte… o salir corriendo de ti otra vez ocupándote de los demás para no encontrarte contigo.

