reencausar el conocimiento mao
Credito: Christian Orrego

“Aprended a hacer el bien; buscad el juicio, restituid al agraviado, haced justicia al
huérfano, amparad a la viuda.”
Isaías 1:17

Posterior a cada tragedia continua la siguiente prueba, que es menos visible que los
escombros; cómo respondemos como sociedad cuando empiezan la reconstrucción, porque en este escenario también se conoce a una comunidad.

Observamos al que comparte lo poco que tiene, al que abre las puertas de su casa, al que lleva un mercado sin preguntar primero quién votó por quién, al comerciante que fía porque sabe que su vecino perdió todo, pero tristemente también se exhibe lo que guarda el interior del corazón, la otra cara, la de aquellos que piensan que una tragedia es la oportunidad perfecta para sacar ventaja.

Y eso se tiene que decir sin miedo, porque el “vivo vive del bobo” puede funcionar como refrán en una conversación de esquina, pero no puede seguir siendo la filosofía cuando una sociedad está tratando de levantarse de una tragedia. Si alguien realmente perdió, merece ser atendido, si alguien no perdió y pretende hacerse pasar por damnificado, está robándole la oportunidad a quien sí la necesita, así de sencillo.

En este punto también es necesario recalcar que no podemos caer en el extremo contrario, exigiéndole al ciudadano que llegue con un expediente casi perfecto, para demostrar que su vida cambió de un día para otro, porque una tragedia no siempre
cabe en una casilla.

Existen pérdidas que aparecen en una fotografía, otras en una factura, en una nevera que quedó inservible, en una herramienta de trabajo que ya no existe, en un negocio que dejó de funcionar y hay pérdidas que no aparecen en ningún documento, la tranquilidad, la estabilidad, la posibilidad de seguir pagando un arriendo o la capacidad de producir lo necesario para llevar el sustento a la casa.

Pero eso solo lo aprendemos cuando caminamos por el territorio, porque cuando verdaderamente se hace trabajo social, somos conocedores que la realidad rara vez llega organizada en carpetas y documentos, porque las personas muchas veces cuentan su historia como puede, en ocasiones con rabia, otras con vergüenza.

A veces diciendo “Yo no necesito nada”, mientras uno descubre que esa persona lleva semanas tratando de resolver dónde dormir o cómo volver a trabajar, por eso una reconstrucción seria no puede convertirse en una carrera entre personas, para demostrar quién sabe pedir más, se requiere reglas claras, controles y justicia, porque ayudar no siempre significa regalar sin verificar o verificar tampoco significa tratar a todo damnificado como sospechoso, las dos cosas pueden coexistir, porque claro se debe cerrar la puerta a los oportunistas, para darle a quienes realmente necesitan entrar.

Así que mientras discutimos sobre los formularios y registros, hay otra situación que tampoco podemos normalizar, el negocio alrededor de la necesidad. Si una familia perdió su vivienda y sale a buscar dónde vivir, ¿qué clase de sociedad somos cuando decidimos aprovecharnos de esa desesperación para subirle abusivamente
el arriendo?

Lo lamento, pero eso no es emprendimiento, eso es ser abusivo, usurero y un oportunista descarado que se aprovecha de la tragedia ajena, aquí también se hace necesario que el liderazgo social vaya más allá de tomarse una fotografía entregando una ayuda, debe levantar la voz cuando algo no está bien, acompañar al que no sabe a quién acudir, es poner en contacto al que necesita con aquel que puede ayudar, advertir cuando aparecen abusos, reconocer también cuando las instituciones hacen las cosas bien.

Pero sobre todo, no utilizar el dolor de la gente para alimentar protagonismos, porque después de una tragedia todos queremos reconstruir y eso no implica únicamente levantar paredes, es recuperar confianza y la misma se pierde cuando el ciudadano siente que para recibir ayuda tiene que ser el más avispado, conocer al intermediario correcto o aprender a moverse mejor que los demás, cuando el que no necesita algo, decide recibirlo de todas maneras.

Por eso Isaías no habla solamente de sentir compasión, hace referencia al aprender a hacer el bien, buscar justicia y restituir al agraviado, aprender, porque aun en medio de una tragedia tenemos que aprender a hacer las cosas correctamente, porque a las personas les corresponde ser honestas, quienes tienen responsabilidades públicas necesitan rigor, transparencia y capacidad de llegar al territorio y a quienes ejercemos liderazgo social, nos corresponde acompañar, escuchar y señalar lo que deba señalarse, pero también ayudar a construir soluciones.

Pero a todos como sociedad nos corresponde algo que parece sencillo, pero no siempre lo es; no aprovecharse del dolor ajeno, Risaralda tendrá que reconstruir viviendas, negocios, calles y proyectos de vida, pero ojala no solo reconstruyamos lo que se cayó.

Ojalá también reconstruyamos la solidaridad, la confianza y la capacidad de mirarnos como paisanos, como conterráneos, como hermanos, porque una tragedia puede exhibir lo peor de algunos seres humanos, pero también puede recordarnos quiénes queremos ser cuando todo alrededor se viene abajo y es precisamente ahí, donde empieza la verdadera reconstrucción.

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