El reencuentro entre la ciencia y el alma
Hay enfermedades que caben en un diagnóstico, pero no en una explicación. Un resultado de laboratorio puede decir mucho sobre lo que está pasando en el cuerpo y, sin embargo, dejar intacta una pregunta que ningún examen alcanza a responder: ¿Cómo está viviendo esta persona lo que le está pasando?
Porque nadie llega a una consulta convertido en un conjunto de síntomas. Llega con una historia, unos miedos, unos vínculos, unas creencias y, a veces, con una necesidad profunda de encontrar sentido.
Hace tiempo que la salud mental dejó de entenderse simplemente como la ausencia de enfermedad. Implica poder afrontar las tensiones de la vida, desarrollar capacidades, relacionarse con otros y participar en la comunidad. Y la propia Organización Mundial de la Salud ha incorporado, en sus instrumentos para evaluar la calidad de vida, dimensiones relacionadas con la espiritualidad, la religiosidad y las creencias personales.
No es poca cosa.
También la ciencia ha comenzado a mirar con mayor atención aquello que durante mucho tiempo parecía pertenecer exclusivamente al territorio de la fe. Se investiga el propósito de vida, la meditación, las prácticas contemplativas y la relación entre espiritualidad, bienestar y salud mental. La neurociencia, incluso, estudia cómo determinadas prácticas meditativas se relacionan con cambios en la actividad y conectividad de algunas redes cerebrales.
Pero aquí necesitamos prudencia. Que la ciencia pueda estudiar una experiencia espiritual no significa que haya demostrado científicamente qué es el alma. Y quizá no tenga que hacerlo.
El verdadero encuentro entre ciencia y espiritualidad puede estar en otro lugar.
No consiste en convertir al médico en guía espiritual, ni en sustituir un tratamiento por una oración, una terapia por una creencia o un diagnóstico por una explicación trascendente. Consiste, quizás, en recuperar una pregunta que parece sencilla y que, sin embargo, puede cambiar la conversación: ¿qué es lo que a usted le ayuda a sostenerse en este momento?
La respuesta puede ser una persona, una familia, una convicción, una práctica, una comunidad, una fe, el arte, la naturaleza o simplemente el deseo de salir adelante. Para algunos será la espiritualidad; para otros, no significará nada. Y también habrá creencias que, en lugar de aliviar, produzcan angustia o sufrimiento.
Por eso hablar de espiritualidad en salud no debería significar imponerla. Debería significar escuchar.
De pronto ahí esté el verdadero desafío de una medicina cada vez más sofisticada: no perder de vista a la persona mientras aprende a conocer mejor su enfermedad.
La ciencia puede medir, diagnosticar, explicar procesos, encontrar tratamientos y prolongar la vida. Pero hay preguntas que pertenecen a otro territorio: ¿para qué vivir?, ¿qué sentido tiene lo que estoy atravesando?, ¿qué me sostiene cuando no puedo controlar lo que sucede?
No todas tendrán una respuesta médica. Algunas, sin embargo, pueden ser esenciales para comprender al paciente.
Cuidar esa dimensión no es abandonar la medicina.
Es recordar que, antes que una enfermedad, delante de nosotros siempre hay una persona.



