reencausar el conocimiento mao

Colombia está caminando peligrosamente hacia la destrucción de su democracia, no solamente por cuenta de los extremos ideológicos, sino por la incapacidad de quienes dicen defenderla para construir unidad nacional, el país parece secuestrado por egos, orgullos, vanidades y obsesiones personales mientras las instituciones se debilitan; la violencia política regresa junto a la polarización, consumiendo cualquier posibilidad de diálogo serio.

Hoy intentar disentir de ciertos sectores de izquierda se convirtió en un delito moral, todo lo que no piense como ellos es atacado, desacreditado, insultado o señalado automáticamente como enemigo; el debate dejó de existir para convertirse en una dinámica de linchamiento público donde cualquiera que cuestione sus posturas termina reducido a etiquetas simplistas y agresivas, esa intolerancia disfrazada de superioridad moral también representa un peligro para la democracia.

Pero del otro lado tampoco aparece una alternativa digna, Abelardo de la Espriella encarna una política basada en el ego, soberbia, narcisismo y confrontación permanente; su discurso agresivo, misógino y personalista termina pareciéndose demasiado al fenómeno que hace algunos años representó Rodolfo Hernández, el desprecio por la deliberación democrática, la exaltación del caudillo más la peligrosa idea de que gobernar un país es un espectáculo mediático, Colombia ya vivió las consecuencias de esa política emocional y vacía.

Mientras los extremos crecen, quienes se autoproclaman moderados tampoco logran estar a la altura, Sergio Fajardo sigue insistiendo en una candidatura que no despega, aferrado a una aspiración presidencial que transmite más terquedad personal que verdadera capacidad de conciliación, lo mismo ocurre con otros candidatos que no superan márgenes mínimos en las encuestas y aun así se niegan a construir acuerdos, la pregunta es inevitable ¿realmente están pensando en Colombia o solamente en sus egos, sus orgullos y sus ambiciones personales?

La tragedia nacional parece resumirse perfectamente en aquella reflexión popularizada por Yokoi Kenji: “un colombiano no es menos inteligente que un japonés, pero diez japoneses trabajando juntos logran más que diez colombianos destruyéndose entre sí. Nos parecemos al balde de cangrejos: cuando uno intenta subir, los demás buscan arrastrarlo hacia abajo” y eso exactamente está ocurriendo hoy en la política colombiana.

Mientras la oposición democrática se divide entre protagonismos inútiles, el país observa cómo aumentan los actos de vandalismo, intimidación política y ataques contra sedes y fachadas de campañas políticas de distintos sectores; en Bogotá fueron vandalizadas sedes políticas, fachadas y espacios públicos en medio de manifestaciones cargadas de odio e intolerancia, la violencia política comienza siempre igual, primero se normaliza el insulto, luego la deshumanización y finalmente la agresión.

Por eso resultan tan graves las advertencias del constitucionalista José Mauricio Gaona sobre una eventual constituyente, Gaona ha sido claro al afirmar que destruir la separación de poderes implica pasar “de la democracia a la dictadura constitucional”, mientras ese riesgo crece, los llamados líderes políticos siguen actuando como si Colombia fuera un escenario diseñado para satisfacer sus obsesiones personales.

Ninguno representa hoy con dignidad la necesidad histórica del país, pero lo verdaderamente peligroso es que estando divididos, llenos de arrogancia y fanatismo, sí pueden terminar entregando la democracia a los extremos.

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