Definitivamente existen frases que retratan más a una persona, que cualquier discurso de campaña. Así que, cuando un aspirante presidencial afirma públicamente, que en Colombia no existen barberos capaces de atenderlo “al nivel que él exige y merece”, mientras pone por encima lo extranjero, está menospreciando el talento nacional, por lo tanto, no estamos frente a una simple opinión personal; estamos frente a una demostración de arrogancia, desconexión social y desprecio por los oficios.
Mucho más grave aún, cuando el propio candidato afirma de su propia boca y sin ningún reparo, que él “no es pretencioso, sino arrogante”, argumentando que sabe lo que tiene. Y no, la arrogancia no es una virtud, mucho menos en alguien que pretende ser líder y dirigir una nación, profundamente golpeada por la desigualdad, el desempleo y la exclusión.
Porque para gobernar un país, no se puede hablar desde la superioridad, ni mirar por encima del hombro a quienes trabajan honradamente. Gobernar exige entender el valor del pueblo, conocer los procesos sociales y respetar a quienes construyen nación desde la base. En Colombia, miles de barberos han levantado empresa desde cero; muchos vienen de entornos difíciles y de contextos donde las oportunidades eran mínimas, lugares donde una máquina de barbería terminó convirtiéndose en una herramienta de transformación social.
Desde las barberías rescatamos jóvenes de la violencia, de las drogas y de las calles, desde este oficio se sostienen hogares, se forman líderes y se generan oportunidades reales, donde muchas veces el Estado nunca llegó, y eso sí es hacer país. Por esto resulta tan grotesca y ofensiva la descalificación a todo un gremio, con el único propósito de alimentar una imagen de exclusividad o falsa superioridad. Aquí no estamos hablando únicamente de cortes o de barbas; estamos hablando de dignidad, trabajo y construcción social.
Pero detrás de todo este espectáculo, hay algo todavía más preocupante: esa necesidad desesperada y constante de aparentar ser élite, mientras se desprecia lo propio. Colombia no necesita dirigentes obsesionados con verse o creerse superiores, mucho menos personajes que crean que el valor humano depende del lugar donde alguien se corta la barba o del idioma en el que se consumen servicios, un verdadero líder jamás humilla los oficios; es su deber y su obligación reconocerlos, fortalecerlos y respetarlos.
La arrogancia podrá servir para llamar la atención en redes o en entrevistas, pero jamás será una cualidad de la que un ser humano tenga por qué sentirse orgulloso, y mucho menos será idoneidad, legitimidad o pulcritud de un buen gobierno. La soberbia desconecta al dirigente de la realidad de su pueblo, y un gobernante desconectado, termina tomando decisiones contra la gente trabajadora.
La Escritura es clara frente a esto: “Dios resiste a los soberbios, y da gracia a los humildes.” — Santiago 4:6.
Y también advierte: “Porque cualquiera que se enaltece, será humillado;
y el que se humilla será enaltecido.” — Lucas 14:11.
Colombia necesita menos arrogancia disfrazada de carácter y más humildad
para reconocer el valor de su gente. Porque un país no se construye desde el
desprecio, sino desde el respeto por quienes trabajan, luchan y salen
adelante con dignidad todos los días.

