Hay disparos que no desaparecen cuando el sonido termina, quedan atravesando barrios enteros dejando esos ecos de impotencia, indignación, tristeza y desesperanza eso fue lo que ocurrió en Rio Negro con “Tigre”, el canino asesinado por un patrullero en medio de un operativo que hoy tiene al país preguntándose ¿Cuánto vale realmente la vida cuando quien porta el arma representa la “autoridad”?
Las autoridades aun sostienen que el uniformado actuó tras ser atacado por el animal durante el procedimiento, pero el país no explotó únicamente por un operativo, explotó porque miles de personas vieron algo mucho mas allá, una escena donde la fuerza parecía llegar antes que la misma humanidad.
Duele, duele porque Tigre no era una amenaza terrorista; era un perro reaccionando en medio del caos, miedo y el instinto, duele porque mientras unos intentan minimizarlo bajo un “era necesario” muchos no logramos entender cómo un animal terminó muerto en la acera frente a cámaras, vecinos y gritos desesperados, doliendo aun más porque la imagen no parece la de una institución preparada para proteger, si no la de una sociedad que muchas veces responde primero con violencia y después con explicaciones.
Lo grave no es únicamente el disparo, es la costumbre que normaliza cada abuso de poder que viene acompañado de un comunicado, la costumbre de justificar cualquier acto armado bajo la palabra “protocolo” exigiendo una calma a los ciudadanos indignados a quienes fueron entrenados para actuar bajo presión, porque sí, los policías también son humanos, sienten miedo y enfrentan situaciones complejas, pero precisamente por eso portan un uniforme, entrenamiento y armas, porque de ellos se espera un nivel de autocontrol superior a cualquier ciudadano del común, ahi la diferencia entre autoridad y reacción.
La muerte de Tigre logro abrir una herida mucho más allá del animalismo, toco emocional y socialmente una fibra profunda, que incluso la vida más indefensa, puede apagarse en segundos cuando falla el criterio; mientras se sigue discutiendo si aquel disparo estaba “justificado” aun así la pregunta sigue ahí ¿en que momento disparar se volvió mas fácil que contener?
Tigre murió en un calle de Rionegro, pero también murió un poco de la confianza
ciudadana, porque cuando la autoridad arremete contra un ser indefenso frente a una
comunidad entera, cae la idea de que existirá una alternativa antes de jalar un gatillo.
Y un país que empieza a perder sensibilidad frente a esto, empieza también a perder parte de su humanidad.

