Por: Luis Alberto Vargas Ballén
Hemos vivido demasiado.
Demasiado para una sola generación. Demasiado para un territorio que aún intenta entenderse entre la tragedia, la memoria y la ironía.
Fuimos testigos del terremoto de 1999, ese que no solo derrumbó edificios sino certezas. El Eje Cafetero —hoy transformado en aguacatero, tensionado entre el pseudoturismo y el hass— vio caer 46 municipios como si la tierra misma reclamara una pausa. Y, sin embargo, nos levantamos… sin terminar de aprender.
Hemos visto desfilar Papas como quien ve pasar estaciones del tiempo: Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco… y ahora un nuevo León XIV que simboliza no solo continuidad espiritual, sino también la evidencia de que incluso las instituciones más antiguas están en permanente transición.
Hemos presenciado guerras que no terminan de ser mundiales, pero que duelen como si lo fueran: Ucrania, Gaza, Irán… conflictos que nos recuerdan que la humanidad sigue siendo experta en destruirse mientras perfecciona su tecnología.
Sobrevivimos a una pandemia global que nos encerró, nos silenció y nos obligó a mirarnos al espejo: el COVID-19 no solo fue una crisis sanitaria, fue una radiografía brutal de nuestras desigualdades, de nuestras fragilidades institucionales y de nuestra incapacidad para anticiparnos.
También vimos caer figuras que parecían eternas: dictadores, caudillos, símbolos de poder absoluto que terminaron siendo, al final, profundamente humanos y finitos. La historia, implacable, siempre cobra. Pinchet, Gadafi, Hussein, Castro, Chávez, Noriega y más.
En Colombia —y en América Latina— hemos presenciado ciclos políticos intensos, polarizantes, donde el poder cambia de manos mientras la desconfianza ciudadana crece. Gobiernos que prometen transformaciones profundas, engañan siempre y sociedades que oscilan entre la esperanza y el desencanto.
Mientras tanto, la humanidad mira nuevamente hacia el cielo: Artemis II rodeando la Luna, como un recordatorio de que seguimos soñando con escapar, incluso cuando no hemos resuelto lo que ocurre aquí abajo.
Y aquí abajo… la tierra sigue hablando.
Los nevados retroceden, los glaciares se extinguen lentamente como una vela qué se apaga y nadie se atreve a proteger. El Parque Nacional Natural Los Nevados, símbolo de vida, hoy es también símbolo de advertencia.
Pero hay algo que no ocurre.
Algo que todos, en silencio, sabemos que podría pasar.
La explosión del Machín y del Nevado del Ruiz con su fumarola eterna.
Dos gigantes que respiran bajo nuestros pies. Dos memorias volcánicas que ya han escrito capítulos de tragedia en la historia de Colombia. Y, sin embargo, siguen allí… en una calma que no tranquiliza, sino que inquieta.
Porque hemos visto de todo. Hemos sobrevivido a todo. Pero aún sentimos que falta algo.
Hoy tembló en Circasia lo que antes era la tierra de hombre libres y hoy es un Basurero a cielo abierto. Un lugar donde —casi— nunca es epicentro de temblores.
Y ese pequeño movimiento, casi anecdótico, resuena más fuerte que muchas tragedias. Porque no es el temblor en sí… es el mensaje.
Es la sensación de que vivimos en una permanente antesala.
Como si la historia no hubiera terminado de desplegar su capítulo más decisivo.
Quizás el problema no es lo que hemos visto, sino lo que intuimos.
Porque cuando una sociedad ha sido testigo de tanto —catástrofes naturales, crisis globales, cambios de poder, avances tecnológicos— corrupción total, empieza a desarrollar una conciencia incómoda: la certeza de que todo puede cambiar en cualquier momento.
Y que la normalidad… es apenas una ilusión frágil.
Seguimos aquí.
Observando.
Interpretando señales.
Construyendo discursos para entender lo que no controlamos.
Quedamos atentos, sí.
Pero no solo a los volcanes.
Quedamos atentos a nosotros mismos, el cambio que requerimos debe provenir de nuestros más sentidos y honestos sentimientos por entregar nuestro mejor esfuerzo para construir una sociedad más justa y honesta que quizás los volcanes alguna vez entierren.


