Los recientes ataques contra infraestructuras energéticas y plantas desalinizadoras, junto con episodios de contaminación atmosférica tras bombardeos, están elevando el riesgo de una grave crisis de agua en varios países de Oriente Medio. Expertos advierten que los daños a estas instalaciones y la degradación ambiental podrían afectar tanto al suministro de agua potable como a los ecosistemas de la región.
Durante el fin de semana se registró en Irán un episodio descrito como “lluvia negra”, producido después de que ataques atribuidos a Estados Unidos e Israel alcanzaran depósitos de petróleo.
Según expertos citados por investigadores universitarios, las columnas de humo generadas por los incendios pueden contener una mezcla de contaminantes, entre ellos: dióxido de azufre, dióxido de nitrógeno, hidrocarburos, partículas finas PM2,5, compuestos potencialmente cancerígenos.
Además, las explosiones pueden liberar metales pesados y compuestos inorgánicos procedentes de la infraestructura dañada.
Habitantes de las zonas afectadas han reportado dificultades respiratorias, irritación en ojos y garganta y otros síntomas asociados a la contaminación. Los especialistas advierten que la exposición prolongada podría provocar problemas de salud como trastornos neurológicos, enfermedades cardiovasculares o complicaciones durante el embarazo.
Más allá de la contaminación atmosférica, la seguridad del suministro de agua se ha convertido en una preocupación central. Los ataques también han alcanzado instalaciones de desalinización, infraestructuras que convierten el agua de mar en agua potable y abastecen a numerosas ciudades del Golfo.
Muchos países de la región dependen de esta tecnología. Por ello, algunos expertos describen a estas naciones como “superpotencias hídricas creadas por el ser humano”, cuya disponibilidad de agua depende de sistemas industriales alimentados por energía.
Un ataque aéreo dañó una planta desalinizadora en Irán, lo que, según autoridades iraníes, redujo el suministro de agua para unas 30 aldeas. A su vez, el país fue acusado de dañar otra instalación en Baréin.
Muchas de estas plantas están integradas en centrales eléctricas, por lo que los ataques contra infraestructuras energéticas también pueden afectar directamente a la producción de agua potable.
Aunque Irán depende menos de la desalinización que otros países del Golfo —ya que obtiene gran parte de su agua de ríos, embalses y acuíferos— estos recursos se encuentran bajo presión tras cinco años de sequía.
El país intenta ampliar su capacidad de desalinización en la costa sur y transportar esa agua hacia el interior. Sin embargo, varios factores limitan el avance del proyecto: costes energéticos elevados, infraestructura insuficiente, sanciones internacionales
Expertos del sector advierten que, en este contexto de guerra y crisis económica, el verano podría agravar las tensiones sobre el suministro de agua.
El conflicto también afecta a las rutas energéticas globales. El cierre por parte de Estrecho de Ormuz, una de las principales rutas marítimas del petróleo, ha obligado a muchos petroleros a rodear África, lo que aumenta los costes y las emisiones del transporte marítimo.
Esta interrupción amenaza además el comercio mundial de fertilizantes, ya que aproximadamente un tercio de estas exportaciones pasa por el estrecho. El encarecimiento del petróleo también eleva los costes agrícolas y de transporte de alimentos.
Los conflictos armados también tienen consecuencias directas sobre el clima. Investigaciones citadas por expertos señalan que las actividades militares generan una parte significativa de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.
Las fuerzas armadas de todo el mundo son responsables de aproximadamente el 5,5 % de las emisiones anuales, una cifra superior a la de la mayoría de los países.
Especialistas en clima y seguridad advierten que el impacto ambiental de los conflictos —incluyendo incendios industriales, transporte militar y destrucción de infraestructuras— puede prolongarse durante años.

