El monte Everest, uno de los lugares más remotos y extremos del planeta, lleva años arrastrando un problema tan grave como paradójico: toneladas de basura acumuladas en sus laderas. Para intentar frenarlo, Nepal puso en marcha hace más de una década una medida contundente: exigir a cada montañista una fianza de 4.000 dólares que solo se devolvía si regresaba con al menos ocho kilos de residuos. Sin embargo, el plan no solo no ha solucionado el problema, sino que ha terminado empeorándolo.
La lógica detrás de la norma parecía impecable. Si los alpinistas querían recuperar su dinero, tendrían que limpiar la montaña. En la práctica, muchos cumplieron el requisito y volvieron con mochilas cargadas de desechos. Pero el origen de esa basura ha sido clave para entender el fracaso del sistema.
La mayoría de los residuos recogidos proceden de los campamentos situados a menor altitud, donde cargar peso extra resulta menos peligroso. En cambio, en las zonas más altas y cercanas a la cima —las más frágiles y difíciles de limpiar— la basura continúa acumulándose. Tiendas abandonadas, envases, cuerdas, latas e incluso restos humanos permanecen allí porque bajarlos implica un esfuerzo físico y un riesgo que muchos escaladores prefieren evitar.
Según responsables locales del control ambiental en Sagarmatha, el área que engloba el Everest, desde ciertos puntos clave de la ruta ya no existe una supervisión efectiva. Esto permite que los montañistas abandonen residuos en las alturas y luego cumplan el cupo exigido recogiendo basura en campamentos inferiores, donde resulta más sencillo reunir los ocho kilos requeridos.
A este problema se suma otro factor importante: la cantidad mínima exigida no refleja la realidad. Estudios recientes indican que un alpinista puede generar hasta 12 kilos de residuos durante toda su estancia en la montaña, especialmente debido a las largas fases de aclimatación. Esto deja un excedente que no está cubierto por la normativa actual.
El resultado ha sido doblemente negativo. Por un lado, los campamentos más altos del Everest presentan niveles de contaminación cada vez mayores. Por otro, la gestión de las fianzas ha generado una carga administrativa adicional para las autoridades nepalíes, ya que la mayoría de los escaladores recuperan su depósito pese a que el problema ambiental persiste.
Las cifras reflejan la magnitud del desafío. Cada año, cientos de personas intentan ascender al Everest, una cifra que en temporadas previas a la pandemia superaba ampliamente los 800 ascensos exitosos. Cada expedición implica grandes cantidades de equipo, oxígeno, alimentos y material logístico que, en muchos casos, termina abandonado en la montaña.
Ante la evidencia de que el sistema de depósitos no ha dado resultados, Nepal se plantea ahora un cambio radical. Las autoridades estudian sustituir la fianza reembolsable por una tasa de limpieza obligatoria, también cercana a los 4.000 dólares, pero sin devolución. Ese dinero se destinaría directamente a financiar equipos especializados y guardabosques encargados de retirar residuos de las zonas más inaccesibles.
El nuevo plan se sumaría a otras medidas adoptadas en los últimos años, como el aumento de las tarifas administrativas o la obligación de que los alpinistas transporten bolsas especiales para recoger sus excrementos. El objetivo es claro: frenar la degradación de la montaña más famosa del mundo antes de que su imagen de desafío natural quede definitivamente asociada a la de un vertedero helado.
El caso del Everest demuestra que incluso las políticas bien intencionadas pueden fallar si no se diseñan teniendo en cuenta la realidad del terreno y el comportamiento humano. Y que, en ocasiones, pagar no basta para proteger la naturaleza.

