La crisis energética que atraviesa Cuba volvió a manifestarse de forma contundente en las últimas horas, cuando los cortes de electricidad afectaron simultáneamente a cerca de dos tercios del territorio nacional durante los momentos de mayor consumo diario. Este colapso del suministro, que se ha venido prolongando de manera sistemática desde hace meses, mantiene en vilo a buena parte de la población civil y productiva de la isla, que ve cómo sus actividades más básicas quedan completamente paralizadas ante la falta de fluido constante.
De acuerdo con los datos suministrados por la estatal Unión Eléctrica (UNE) y recopilados por agencias internacionales, el mayor déficit de generación eléctrica registrado durante la jornada dejó sin servicio al 64 % del territorio cubano de manera coordinada e imprevista. Las regiones más afectadas sufrieron las consecuencias directas de la falta de potencia durante el horario pico de la tarde y la noche, un período del día en el que las familias regresan a sus hogares y la demanda residencial alcanza sus niveles más altos, lo que dificulta significativamente la preparación de alimentos y la refrigeración de insumos.
El propio Gobierno cubano no ha dudado en calificar el actual panorama del sector eléctrico como «crítico» y «extremadamente tenso», admitiendo de forma pública que las soluciones inmediatas son complejas debido a las dificultades estructurales que arrastra el sistema desde mediados del año 2024. No obstante, el reconocimiento oficial de la gravedad del problema no ha logrado mitigar el malestar en las calles, donde los ciudadanos expresan un descontento acumulado que ha derivado en múltiples expresiones de protesta social organizada.
Protestas ciudadanas e interrupciones extremas
La capital del país ha sido uno de los focos principales de la indignación popular debido a la severidad que han alcanzado las desconexiones programadas e imprevistas. Reportes procedentes de diversas localidades indican que algunas zonas de La Habana han llegado a acumular de manera alarmante más de 30 horas diarias de interrupciones acumuladas en el flujo eléctrico, un escenario que ha rebasado la paciencia de los residentes locales. Este prolongado desabastecimiento de luz provocó una reacción popular que se tradujo en manifestaciones pacíficas en varios sectores neurálgicos de la ciudad.
A lo largo de las últimas jornadas, se han registrado cacerolazos masivos en vecindarios residenciales, marchas espontáneas de ciudadanos exigiendo la restitución del servicio básico y la quema de contenedores de basura en las vías públicas como una forma visible de protesta ante lo que consideran una parálisis de las autoridades. El descontento generalizado se alimenta no solo de la falta de iluminación, sino también de las consecuencias directas que los apagones tienen sobre el suministro de agua potable y la conservación de los pocos alimentos disponibles, empeorando sensiblemente la calidad de vida de las familias cubanas.
Fallas estructurales y falta crónica de combustible
El análisis técnico detrás de este desplome de la red eléctrica apunta a un deterioro severo y generalizado de la infraestructura nacional de generación. En la actualidad, diez de las 16 unidades termoeléctricas del país permanecen completamente fuera de operación, ya sea debido a graves averías mecánicas imprevistas o a la necesidad de someterlas a trabajos de mantenimiento preventivo y correctivo que se han postergado durante años por la falta de recursos. Estas termoeléctricas tradicionales son vitales para la estabilidad nacional, pues resultan responsables de aportar alrededor del 40 % de toda la energía que consume la isla.
A este debilitamiento de las plantas principales se le suma la salida obligada de servicio de 106 centrales de generación distribuida, las cuales han tenido que apagarse debido a la escasez absoluta de combustible para sus motores internos. La falta de carburante también ha paralizado el funcionamiento de dos centrales flotantes arrendadas y de otras dos plantas terrestres que operan habitualmente con fuel oil, un tipo de petróleo pesado cuya importación se ha vuelto cada vez más intermitente para el país caribeño.
Expertos independientes explican que la raíz de esta problemática responde a una combinación letal de factores coyunturales y estructurales de largo plazo. Destacan de manera primordial la infrafinanciación histórica del sector energético, el envejecimiento tecnológico de plantas que superan con creces su vida útil operativa y los obstáculos logísticos y financieros para acceder al mercado internacional de hidrocarburos. Según las estimaciones de los analistas, Cuba necesita cerca de 100.000 barriles de petróleo diarios para cubrir su demanda energética mínima, pero en la actualidad solo unos 40.000 barriles provienen de la limitada producción petrolera nacional.
Un duro golpe para el desempeño económico
El impacto del prolongado desabastecimiento de electricidad trasciende la comodidad de los hogares y golpea de manera directa el aparato productivo cubano. Con las industrias paralizadas y el comercio operando a media marcha, las proyecciones macroeconómicas para el país son sumamente desalentadoras. Según los datos más recientes difundidos por la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), la economía cubana registraría una contracción estimada del 6,5 % de su Producto Interno Bruto (PIB) durante el presente año.
Esta nueva caída se sumaría a un retroceso acumulado superior al 15 % registrado entre los años 2020 y 2025, consolidando a la isla como una de las naciones con peor desempeño y dinamismo económico de toda la región latinoamericana. Sin una inyección masiva de capital extranjero o un cambio drástico en las alianzas de suministro de combustible, el sistema eléctrico de Cuba parece condenado a seguir operando en una vulnerabilidad constante que amenaza con agravar la ya delicada estabilidad social del país caribeño.


