La estabilidad del orden público en el departamento del Tolima ha vuelto a encender las alarmas de las autoridades regionales. En un pronunciamiento formal, la gobernadora del Tolima, Adriana Magali Matiz, lanzó una advertencia severa sobre las dinámicas de interferencia que vienen ejecutando los grupos armados ilegales en el territorio. De acuerdo con la mandataria, las disidencias de las FARC han transformado sus métodos tradicionales de guerra, sustituyendo las confrontaciones directas y los combates de gran envergadura por tácticas sofisticadas de presión social y constreñimiento sobre la población civil.

Esta situación adquiere una relevancia crítica debido al contexto político actual del país. Colombia se encuentra en una etapa de alta tensión institucional debido a la inminencia de las elecciones presidenciales en su segunda vuelta. Las declaraciones de la funcionaria exponen cómo los grupos armados que operan en las zonas rurales han diseñado estrategias específicas para incidir de forma indirecta en los comicios, afectando los derechos fundamentales de los ciudadanos y las garantías democráticas en los territorios alejados de los cascos urbanos.

El fenómeno de la carnetización y los censos ilegales en zonas rurales

La denuncia principal de la Gobernación se concentra en un mecanismo de vigilancia comunitaria que ha sembrado el temor en diversas veredas. Según las indagaciones y los reportes recopilados por la administración departamental, los miembros de las estructuras disidentes están obligando a los residentes rurales a formar parte de listados cerrados. “Carnetizan a la gente”, puntualizó la gobernadora Matiz, señalando que este documento plástico o impreso expedido por los delincuentes se ha convertido en un requisito obligatorio para que los campesinos puedan transitar por sus propias tierras o ingresar a determinadas veredas.

La imposición de carnés de identificación comunitaria por parte de actores al margen de la ley no es una práctica nueva en la historia del conflicto colombiano, pero su reactivación en el Tolima denota un intento de consolidar un Estado de facto o un orden social paralelo al de las instituciones legítimas de la República. Quienes no porten dicha acreditación ilegal o se nieguen a ser incluidos en los censos arbitrarios implementados por los reductos guerrilleros se exponen a sanciones económicas, expulsiones del territorio o señalamientos directos que ponen en riesgo su integridad física. Las autoridades locales enfatizan que este tipo de acciones busca medir con exactitud cuántas personas habitan en cada sector, controlando sus movimientos diarios y facilitando el cobro de extorsiones bajo la fachada de aportes comunitarios.

Del combate armado a la coacción silenciosa del electorado

El análisis del panorama de seguridad realizado por la mandataria seccional revela un cambio drástico en las operaciones delictivas de las disidencias. Matiz explicó que el repliegue de las acciones bélicas de alto impacto contra la Fuerza Pública o contra otras organizaciones criminales no obedece necesariamente a una voluntad de paz o a un debilitamiento estructural de estos grupos. Por el contrario, se trata de una mutación estratégica donde el objetivo prioritario ya no es ganar un combate militar en las montañas, sino someter la voluntad de las comunidades mediante el control total de sus actividades cotidianas.

Este modelo de coacción silenciosa resulta especialmente útil para los intereses de las disidencias durante las jornadas de votación. Al tener un registro pormenorizado de cada ciudadano gracias a la carnetización forzada, los cabecillas de los grupos ilegales pueden ejercer una vigilancia directa sobre quiénes acuden a las urnas y dictaminar pautas sobre el comportamiento político de las regiones bajo su influencia. El temor a las represalias desplaza la necesidad del uso de las armas, convirtiendo la presión social en un arma política invisible pero altamente efectiva que altera la transparencia que debe regir en la segunda vuelta presidencial.

El llamado urgente al Gobierno Nacional y el clamor de las regiones

Ante este escenario de vulnerabilidad, la gobernadora Adriana Magali Matiz hizo un llamado enérgico y urgente al Gobierno Nacional y a los ministerios competentes para que se adopten medidas de fondo que vayan más allá del incremento coyuntural de pie de fuerza. Para la funcionaria, la respuesta del Estado ante la sustitución de la violencia armada por la opresión social debe ser integral, garantizando que el Plan Democracia proteja efectivamente la libertad del voto en el Tolima profundo.

Las comunidades afectadas han manifestado de forma anónima su preocupación, ya que el control del tránsito en los corredores rurales restringe no solo el ejercicio del derecho al sufragio, sino también las actividades económicas fundamentales de la región, como la recolección y transporte de productos agrícolas. La Gobernación del Tolima insistió en que el restablecimiento de la seguridad integral requiere el desmantelamiento de las redes de inteligencia urbana y rural que las disidencias han articulado mediante estas identificaciones espurias, devolviendo a los ciudadanos la confianza en las instituciones legítimas y asegurando que las elecciones presidenciales se desarrollen en un ambiente de verdadera neutralidad y paz en el territorio.

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