Titulé mi columna con la pregunta de si podemos hablar de fascismo del siglo XXI en América latina, entre otras, porque considero relevante el mundo de las ideas en un contexto en el que la ligereza interpretativa nos puede arrastrar al uso de categorías que en muchas ocasiones carecen de peso histórico. En tal virtud, y desprendiéndonos de las pasiones políticas que se han desatado en las actuales elecciones, es necesario considerar las implicaciones del uso de los conceptos e invitarles a dudar, como una de las primeras etapas en la construcción del pensamiento crítico.

Así las cosas, ¿por qué es más útil hablar de autoritarismo y no de fascismo tal como se ha venido popularizando en redes sociales? Como también, ¿por qué es necesario reconocer que la izquierda y la derecha son plurales y no reducirlas al fascismo o al comunismo?

Si bien, los regímenes fascistas son autoritarios, el autoritarismo puede desarrollarse en sistemas capitalistas e incluso neoliberales, tal como ocurrió en Chile durante la dictadura de Pinochet, como también puede darse en regímenes de partidos de izquierda como la Venezuela chavista y la Nicaragua de Ortega; entonces, ¿qué es el fascismo? Hannah Arendt en su libro, “los orígenes del totalitarismo” (1) nos explica que el fascismo es un movimiento totalitario que busca el control de la vida pública y privada, tiene como propósito el fin de la individualidad y convierte a las personas en piezas de un engranaje o máquina social. Para tal fin, el fascismo se vale de la manipulación creando un discurso de pertenencia que puede ser la Nación o incluso un bien superior como la revolución – Arendt consideró el comunismo stalinista como Totalitario-.

El fascismo hace uso del terror que no solo pretende eliminar a los opositores sino
garantizar la obediencia ciega de la población. Tiene aparatos de propaganda basada en mitos como ocurrió en Alemania con la pureza racial o en Italia con el nacionalismo inspirado en la vieja Roma. Fomenta el expansionismo militarista, de allí que Alemania e Italia se caracterizaran por abrir frentes de guerra en otras regiones y quizá lo más preocupante para la autora, se sostiene sobre la “banalidad del mal”, es decir, que los peores horrores no son cometidos por sádicos o fanáticos sino por burócratas ordinarios e irreflexivos que se limitan a cumplir órdenes perdiendo su capacidad crítica. Esta última idea la desarrolló en su libro, “Eichmann en Jerusalén” (82).

En cuanto al autoritarismo, se trata de un sistema político en el que el poder tiende a concentrarse en un líder o grupo reducido que limita las libertades políticas y ciudadanas. Para tal fin, estos regímenes se valen de estrategias como reducir el pluralismo tolerando únicamente algunos grupos religiosos, económicos y sociales siempre y cuando no cuestionen al gobierno; mantienen una oposición controlada a través de elecciones manipuladas y partidos favorables al régimen; controlan los medios de comunicación restringiendo la opinión, censurando la prensa y evitando temas de sensibilidad pública; acuden a los valores tradicionales como el orden, la Nación y en algunos casos la patria; son selectivos con el uso de la fuerza, destinando las acciones más letales contra los opositores activos, más no contra toda la sociedad; y prefieren ciudadanos apáticos e inactivos con el ánimo de ganarse la obediencia ciega. Es por eso que el autoritarismo puede ser de derecha o izquierda, tal como se enunció en el párrafo anterior.

Pareciera entonces que fascismo y autoritarismo son iguales, ¿En dónde está la
diferencia? El fascismo, por ser totalitario, controla la vida pública y privada; el Estado es el principal actor, la economía es regulada y los alcances del gobierno superan la
posibilidad que tienen las personas naturales o jurídicas para escapar de su poder; por el contrario, el autoritarismo permite un margen de libertad individual, especialmente en lo económico. En el modelo de autoritarismo neoliberal que se vive en algunos países de América Latina, la economía individual es libre, el Estado se reduce con el ánimo de que tenga la menor participación posible en la economía y el peso de los organismos financieros adquiere un lugar prioritario.

En el caso actual, las experiencias de izquierdas como la del Socialismo del siglo XXI que lideró Venezuela y cristalizó en Ecuador, Nicaragua y Bolivia, como las neoliberales de Colombia con Álvaro Uribe, Perú con Alberto Fujimori, Brasil con Jair Bolsonaro y El
Salvador con Bukele, son muestras de autoritarismo como regla de gobierno y por lo
mismo, la depreciación o destrucción de la democracia y el pluralismo jurídico y social,
convirtiendo a estos países, con más fuerza en unos casos que en otros, en distopías
modernas.

Esta diferenciación necesaria entre fascismo y autoritarismo también aplica para la izquierda y la derecha, pues suele considerarse a la gente que se adscribe a las ideas de la izquierda como comunistas, cuando en este conjunto de pensamiento confluye la socialdemocracia, socialismo democrático, progresismo, anarquismo, socialismo,
maoísmo, trostkismo, marxismo-leninismo, anarcosindicalismo, ecologismo o izquierda verde, feminismo socialista, decolonialismo, pensamiento descolonizador y socialismo del siglo XXI que se conoció como bolivarismo.

En la derecha también hay una variedad de corrientes, destacándose el conservadurismo tradicional, el liberalismo clásico o centroderecha, la democracia cristiana, el neoliberalismo, el libertarianismo o anarcocapitalismo como el que profesa Milei en Argentina, la derecha populista (Alt-Right), el conservadurismo nacionalista, el fascismo, el neofascismo y la derecha autoritaria reaccionaria como el caso de la España de Franco.

Como podemos ver, simplificar a la derecha como fascismo y a la izquierda como
comunismo es un despropósito. También podría sernos útil reconocer que no hay fascismo del siglo XXI en Hispanoamérica, pero sí una deriva autoritaria que puede encontrarse en algunos espectros de la izquierda, como lo es el socialismo del siglo XXI, como también en la derecha neoliberal.

Para finalizar quisiera hacer otra aclaración que considero importante, y es que el
neoliberalismo puede tener una fase liberal y otra conservadora; así las cosas, el liberal
considera importante el pluralismo jurídico y social, destaca la diversidad sexual, e incluso defiende la existencia de organizaciones sociales como el sindicalismo. Un ejemplo lo vemos en el gobierno Santos. Por el contrario, el neoliberalismo conservador pretende mantener las bases del modelo económico, pero con programas regresivos en materia de derechos y libertades, va en menoscabo de la diversidad sexual, el derecho a la protesta, a la asociación, etc. En su máxima expresión está el autoritarismo.

Estimados lectores y lectoras, elegir el autoritarismo es la peor decisión que una sociedad puede tomar, por eso es hora de pensar con más cuidado para que no sean las emociones las que terminen eligiendo dictadores tropicales.

Lecturas referenciadas

  1. Arendt, H. (1999). Eichmann en Jerusalén: Un estudio sobre la banalidad del mal
    (C. Ribalta, Trad.). Lumen. (Obra original publicada en 1963).
  2. Arendt, H. (1974). Los orígenes del totalitarismo (G. Solana, Trad.). Taurus. (Obra
    original publicada en 1951)

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