Liliana Angulo Cortés falleció el 21 de febrero de 2026 tras una larga lucha contra un cáncer linfático. Tenía 51 años. Hasta el final sostuvo una convicción firme: los museos no solo conservan objetos, sino también las voces que la historia silenció. Nacida en Bogotá en octubre de 1974, su identidad se fue tejiendo entre la capital y las raíces familiares del Pacífico colombiano. Desde joven entendió que el arte era más que una disciplina académica. Era una herramienta de transformación social. “Lo que sí tenía claro era que el arte era parte de un proceso de vida”, afirmó en una entrevista sobre su vocación.
Estudió artes plásticas con especialización en escultura en la Universidad Nacional de Colombia y posteriormente obtuvo una maestría en Artes en la Universidad de Illinois en Chicago, gracias a una beca Fulbright. Su formación fortaleció una mirada crítica sobre la representación de las comunidades afrodescendientes en el arte y en las instituciones culturales. Antes de asumir la dirección del Museo Nacional, fue docente, curadora, investigadora y gestora cultural. Trabajó en entidades como Idartes y la Secretaría de Cultura de Bogotá, donde dejó una huella significativa en proyectos de circulación artística y memoria colectiva.
En abril de 2024 fue designada directora del Museo Nacional de Colombia, convirtiéndose en la primera mujer afrocolombiana en liderar la institución más antigua del país. Su llegada representó un cambio estructural en el panorama cultural colombiano. Durante su gestión impulsó una agenda centrada en el antirracismo, la perspectiva decolonial y la reparación histórica.
Más que curar exposiciones, Angulo buscó curar narrativas. Planteó que los museos debían ser espejos y ventanas: reflejar lo que somos y mostrar aquello que aún no hemos reconocido de nuestra propia historia En su momento, definió su nombramiento como “un voto de confianza y una prueba de que una mujer afro y artista puede llegar a estos cargos”, resaltando el valor simbólico de su presencia para nuevas generaciones.
Cuando la enfermedad avanzó, su familia comunicó su fallecimiento con un mensaje que habló de tránsito y no de derrota. La describieron como una “mujer mística, sembradora de memoria y puente entre tiempos”. Desde el ámbito institucional también hubo reconocimientos. La ministra de Cultura, Yannai Kadamani, expresó su profunda admiración y tristeza por la partida de quien dirigía el museo.
La muerte de Liliana Angulo deja un vacío en el sector cultural colombiano, pero también un legado sólido. Su trabajo transformó la manera en que el Museo Nacional cuenta la historia del país, integrando voces antes relegadas y promoviendo una visión más inclusiva de la identidad colombiana. Su impacto trasciende las salas del museo. Permanece en las comunidades que reivindicó, en las narrativas que ayudó a reconstruir y en quienes ahora ven posible ocupar espacios históricamente negados. En tiempos donde la memoria puede diluirse, Liliana Angulo la convirtió en acto de resistencia, diálogo y justicia cultural.

