reencausar el conocimiento mao
Credito: Christian Orrego

Existen instantes en los que la vida nos obliga a detenernos, no porque sea
nuestra voluntad, ni porque estemos preparados, simplemente ocurre algo
que cambia nuestros planes, mueve nuestras seguridades y nos enfrenta a
una realidad que jamás habíamos imaginado.


Risaralda enfrenta uno de esos momentos, reconstruir no será cuestión de
días, somos cocientes que tomará años, no se trata solamente de volver a
levantar edificios o reparar las heridas visibles de Pereira y de los demás
municipios afectados, las zonas rurales, las vías veredales, las familias que
perdieron su tranquilidad, los pequeños negocios, los campesinos y tantas
comunidades que, lejos de las cámaras, también necesitan volver a empezar.


La recuperación debe abarcar vivienda, infraestructura, servicios, economía y
sobre todo, la vida de las personas, pero volver a empezar no significa
regresar exactamente al mismo lugar, esta es la lección más difíciles y al
mismo tiempo, de las más valiosas en medio de las adversidades, cuando
todo cambia, nosotros también tenemos que aprender a transformarnos.
La pandemia, ya nos había advertido, porque de la manera más dolorosa nos
enseño que nadie se salva completamente solo, que necesitamos del vecino,
del médico, del campesino, del comerciante, del voluntario, del amigo y hasta
de aquel desconocido, que aparece en el momento preciso para tender una
mano.


Ahora, la vida nos está recordando lo mismo y cada ayuda cuenta, cada
mercado entregado, cada vía recuperada, cada escombro removido, cada
abrazo, cada oración, cada hora de trabajo, cada gesto de solidaridad,
porque los grandes procesos de reconstrucción también comienzan con
pequeñas acciones.


Desde el primer momento de la emergencia, hemos visto a un departamento
movilizarse y a un país entero responder con solidaridad, organismos de
socorro, voluntarios, ciudadanos e instituciones han tenido que cambiar sus
prioridades para atender una realidad que no estaba en los planes, incluso
esa mano tendida ha trascendido nuestras fronteras; países amigos y
organizaciones internacionales también han levantado su voz y extendido su
ayuda, enviando apoyo, recursos y socorristas para acompañar a Risaralda
en uno de los momentos más difíciles de su historia.


Por su parte la propia Gobernación ha reorientado su hoja de ruta hacia la
atención de las familias, la recuperación de los municipios, la infraestructura y
la reactivación económica y en medio de ese camino que apenas comienza,
es justo reconocer el trabajo incansable del gobernador Juan Diego Patiño
Ochoa y de la Primera Dama Catalina Giraldo Henao, dos jóvenes que hombro a hombro, más allá de sus cargos, han demostrado con hechos su
amor por Risaralda y por su gente, acompañando y sirviendo a las
comunidades en medio de jornadas que parecen no terminar, han asumido
una tarea que exige presencia, firmeza, sensibilidad, determinación y una
enorme fortaleza para seguir adelante, cuando el cansancio también
comienza a hacerse presente.


Porque gobernar también es estar, es escuchar el dolor, caminar donde otros
han perdido el camino y extender la mano cuando las fuerzas parecen
agotarse, y en esta crisis, esa presencia cercana y humana también ha sido
una forma de decirle a cada risaraldense: no están solos.
Pero la reconstrucción de Risaralda no puede recaer únicamente sobre un
gobierno. Risaralda tendremos que levantarla entre todos.


Quizá hoy no tengamos claridad sobre cuánto tiempo tomará recuperar lo
perdido, pero sí podemos contribuir a la clase de departamento que
queremos ser después de esta prueba, si uno que simplemente reconstruya
lo que cayó, o uno que aprenda, evolucione y construya mejor.
Porque empezar de cero también puede ser una oportunidad para corregir,
para fortalecer lo que era débil y para descubrir capacidades que nunca
supimos que teníamos, la resiliencia no consiste en fingir que nada ocurrió,
esta en mirar lo ocurrido, reconocer el dolor, llorar lo perdido y aun así, decidir
levantarse.


Los tiempos difíciles pueden quebrarnos o pueden fortalecer nuestro espíritu,
pueden dividirnos o recordarnos que unidos somos capaces de llegar más
lejos, pueden alejarnos de Dios o hacernos comprender, con mayor humildad,
que cuando nuestras propias fuerzas no alcanzan, hay una mano poderosa
que nos sostiene.


Risaralda tiene un largo camino por delante, habrá días difíciles, habrá
cansancio, habrá momentos en los que parecerá que lo perdido es
demasiado, pero esta tierra tiene algo que ninguna tragedia puede
derrumbar, su gente.


Y quizá, el verdadero renacer de Risaralda no comience el día en que
terminemos de reconstruir una ciudad, una carretera o una vivienda,
comienza ahora, en cada persona que decide ayudar, en cada institución que
trabaja, en cada campesino que vuelve a sembrar, en cada familia que, aun
con miedo, decide no rendirse.


Porque reconstruir es volver a levantar lo que cayó, pero renacer es
levantarnos diferentes, más fuertes, más unidos, más conscientes y
sobre todo, más humanos, la tierra se movió, nuestros planes cambiaron,
pero nuestra esperanza no tiene por qué caer con los escombros, debe estar
cimentada sobre la roca. Risaralda no está comenzando de cero. Está
comenzando de nuevo. Y esta vez, que sea para levantarnos mejor.

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