Los griegos nos dejaron muchas cosas para pensar la vida, entre esas, la tragedia; entendiendo por tal, la desgracia que perseguía a los personales nobles o heroicos que luchaban de forma inútil contra el destino o las leyes divinas; por ello, entre sus temas principales estuvieron: el destino ineludible, el sufrimiento y la fatalidad, y claro está, la soberbia (ὕβρις – hibrys).

Entre los más reconocidos escritores de este tipo de obras estuvo Sófocles, y a él le debo una de las obras de teatro más impactantes que haya leído y asistido: Antígona.

Para quienes no la conocen, y pido excusas a quienes sí, porque soy flojo para hacer resúmenes, Antígona (estrenada en el 441 a.C.), la primera obra del autor, trata sobre la
historia trágica de ésta y sus hermanos, Eteocles y Polinices, quienes mueren luchando entre sí durante la guerra de Tebas, y Creonte, el rey, su tío, que ordena enterrar al primero con honores, pero para el escarmiento público, prohíbe sepultar a Polinices por considerarlo un “traidor a la patria”. A final de cuentas, ¿Qué mejor estrategia podría ocurrírsele al sabio rey sino servirse del cuerpo ajeno para que se fuera descomponiendo ante los ojos de todos, mientras demostraba su superioridad?, ¿Qué mejor que demostrarle al mundo quién manda, entre otras, tanto como para que eso llamado, dignidad humana, se desvanezca ante el extasiado grupo de gentes que pensaron que esto es hacer justicia?

De todas formas, para no caer en el anacronismo, valga decir que en aquellos tiempos no se hablaba de dignidad humana, lo que no quiere decir que dejar el cuerpo de Polinices en el suelo para que se fuera descomponiendo y los perros se lo comieran, fuera la mejor alternativa. Incluso, para Creonte y los suyos, hasta el horror de la guerra tenía límites y ya los vamos a ver.

Resulta que Antígona, como era de esperarse, al tratarse de su hermano, desobedeció al rey y ejecutó los ritos sagrados para que Polinices descansara en paz. Al enterarse de la afrenta a la ley, Creonte no solo no escuchó a sus asesores, sino que entró en cólera y ordenó que Antígona fuera enterrada viva en una cueva, no sin antes dejar agua y comida para no sentirse culpable de su muerte.

El lío de todo este asunto es que su hijo, Hemón, estaba comprometido con Antígona, y fue tanto el dolor al darse cuenta de la muerte de su prometida que terminó muerto al intentar apuñalear a su padre. Y como los griegos no escatimaban en gastos cuando se trató de una tragedia, al Eurídice, la madre de Hemón, enterarse de la muerte de su hijo, también se quita la vida dejando a Creonte solo y consumido por la culpa.

¿De qué nos debería servir esta obra? Siempre será más que necesario equilibrar la justicia con los principios morales y de conciencia individual. El poder tiene límites y ningún gobernante puede pisotear los derechos fundamentales y mucho menos, irrespetar a los muertos en nombre del Estado; porque la verdadera sabiduría requiere humildad, escucha y prudencia. No sea que el destino que se va construyendo, sea el mismo que labró Creonte. Colombia ya tiene buenos ejemplos de este tipo.

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