Colombia ya tiene oficialmente su primera raza canina reconocida a nivel mundial. La Federación Cinológica Internacional (FCI) otorgó este 11 de febrero el reconocimiento formal al Sabueso Fino Colombiano, convirtiéndolo en la primera raza 100% originaria del país con aval internacional.
La decisión valida años de investigación genética, documentación histórica y trabajo de campo impulsados por criadores, académicos y la Asociación Club del Sabueso Fino Colombiano, quienes defendieron su linaje como resultado de más de dos siglos de selección funcional en territorio nacional.
También conocido como Tinajero, Chapolo, Bramador o Aullador, este perro fue durante décadas relegado frente a razas europeas. En zonas rurales permanecía amarrado en patios mientras otros ejemplares eran exhibidos y cuidados como símbolos de estatus.
Sin embargo, investigadores recorrieron veredas y municipios del país para documentar una población canina con rasgos físicos y utilitarios consistentes. El Sabueso Fino Colombiano surgió a partir de cruces históricos entre perros de cacería introducidos durante la colonia y el siglo XIX, como el Pointer, el Foxhound inglés, sabuesos españoles y franceses, que se adaptaron a las condiciones climáticas y geográficas del país.
Esa adaptación progresiva, junto con la selección por funcionalidad —especialmente para la caza en zonas rurales— permitió fijar características propias que hoy lo diferencian de otras razas.
El Sabueso Fino Colombiano se caracteriza por:
- Pelo corto y resistente
- Orejas largas
- Manchas en tonalidades negras o cafés
- Gran resistencia a plagas y enfermedades
- Olfato altamente desarrollado
Más allá de la caza, en años recientes algunos ejemplares han sido entrenados para labores de seguridad y apoyo en operativos oficiales, gracias a su capacidad de rastreo y adaptación.
Relatos históricos sitúan la presencia de estos sabuesos en episodios de la independencia, como la víspera de la Batalla de Boyacá y la llamada Noche Septembrina. Aunque estas versiones forman parte de la tradición oral, sus promotores sostienen que reflejan el arraigo cultural del animal en la historia rural colombiana.
Para sus defensores, el reconocimiento de la FCI no solo formaliza una raza, sino que reivindica un símbolo campesino que durante años permaneció invisibilizado.
Con este aval internacional, Colombia consolida la protección genética y el estándar oficial de una raza que consideran patrimonio cultural y biológico del país.

