de invasion a restauracion la drastica medida que cambio el futuro de las islas galapagos invasive species silent threat endangering galapagos 06
Credit: Galápagos Conservancy

Durante décadas, las Islas Galápagos fueron escenario de una crisis silenciosa. Un animal introducido por humanos —la cabra— alteró de forma radical ecosistemas que habían evolucionado durante miles de años sin grandes herbívoros terrestres. Para revertir ese daño, científicos y autoridades tomaron una decisión extrema: erradicar por completo a las cabras de varias islas, en una de las operaciones de conservación más grandes y controvertidas jamás realizadas.

Todo comenzó con un gesto aparentemente inofensivo. A finales de la década de 1950, pescadores dejaron unas pocas cabras en la isla Pinta como reserva de alimento. Sin depredadores naturales y con abundante vegetación, la población se multiplicó rápidamente. En pocas décadas, decenas de miles de animales devoraban plántulas, arrancaban raíces y dejaban laderas enteras desnudas y erosionadas.

El impacto fue devastador. Bosques completos desaparecieron, los suelos se degradaron y las tortugas gigantes —especie emblemática del archipiélago— perdieron alimento y hábitat. En algunas zonas, el colapso ecológico parecía irreversible. Para los conservacionistas, la pregunta dejó de ser si había que intervenir y pasó a ser cómo hacerlo antes de cruzar un punto sin retorno.

La respuesta fue el Proyecto Isabela, una iniciativa liderada por el Parque Nacional Galápagos y la Fundación Charles Darwin a finales de los años noventa. El objetivo no era controlar la población, sino eliminarla por completo en las islas Pinta, Santiago y el norte de Isabela, un territorio que abarcaba cientos de miles de hectáreas de terreno volcánico y de difícil acceso.

La magnitud del operativo no tenía precedentes. Con apoyo de helicópteros, equipos terrestres y tecnología de rastreo, se abatieron miles de cabras en pocos años. Uno de los métodos más innovadores y polémicos fue el uso de las llamadas “cabras Judas”: animales capturados, esterilizados y equipados con collares de radio, que luego eran liberados para localizar a los últimos grupos supervivientes.

En 2006, tras años de trabajo y una inversión multimillonaria, las autoridades declararon libres de cabras las zonas intervenidas. El verdadero resultado, sin embargo, no se vería de inmediato.

Con el paso del tiempo, las islas comenzaron a cambiar. Donde antes había laderas áridas, surgieron brotes verdes. Árboles y arbustos nativos volvieron a crecer, el suelo recuperó materia orgánica y los bosques jóvenes empezaron a expandirse. Imágenes satelitales y monitoreos de campo confirmaron una recuperación progresiva del paisaje.

Las tortugas gigantes también regresaron. Gracias a programas de cría y liberación, combinados con la mejora del hábitat, sus poblaciones comenzaron a estabilizarse. Más aún, estos animales retomaron su papel como “ingenieras del ecosistema”, dispersando semillas y moldeando la vegetación con su desplazamiento.

Pero la restauración no fue perfecta ni lineal. La ausencia de cabras permitió que otras especies invasoras, como la zarzamora, se expandieran sin control en algunas zonas. Además, ciertos depredadores modificaron su dieta y comportamiento, generando nuevas tensiones en el equilibrio ecológico. La intervención resolvió un problema, pero dejó al descubierto otros.

El Proyecto Isabela también abrió un debate ético profundo. ¿Es justificable eliminar miles de animales para salvar un ecosistema? Para muchos científicos, la respuesta fue pragmática: las cabras no eran parte natural del sistema y su permanencia amenazaba especies únicas en el planeta. Para otros, la operación evidenció los límites y contradicciones de la conservación moderna.

Hoy, Galápagos es considerado un referente mundial en el manejo de especies invasoras. Su experiencia se estudia y replica en otras islas del planeta. La historia demuestra que la restauración ecológica a gran escala es posible, pero también que la naturaleza no vuelve simplemente a un estado anterior: evoluciona, se adapta y plantea nuevos retos.

La erradicación de las cabras salvó a Galápagos de un colapso mayor, pero dejó una lección clara para el mundo: proteger la biodiversidad exige decisiones difíciles, seguimiento constante y la humildad de aceptar que cada solución puede traer consigo nuevos dilemas.

Entérate con El Expreso