La artista Beatriz González, una de las figuras más influyentes y singulares del arte colombiano, murió este viernes 9 de enero a los 93 años. La noticia fue confirmada por su familia, que informó sobre un progresivo deterioro de su salud, sin ofrecer mayores detalles. Nacida en Bucaramanga en 1932, González dejó una obra fundamental para comprender la historia reciente del país desde una mirada crítica, sensible y profundamente irónica.
A lo largo de más de seis décadas de trabajo, González utilizó la pintura como una forma de testimonio. Su obra dio rostro a la política, la violencia, la religiosidad y la vida cotidiana de Colombia, convirtiendo imágenes tomadas de periódicos y archivos oficiales en escenas cargadas de memoria y cuestionamiento. Su pincel fue una forma de narrar lo que el país muchas veces prefirió no mirar de frente.
Uno de los momentos decisivos de su carrera ocurrió a mediados de los años sesenta, cuando transformó una fotografía de prensa en la obra Los suicidas del Sisga. A partir de esa imagen, la artista encontró un camino que marcaría toda su producción: reinterpretar la realidad a partir de imágenes ya existentes, observando al país “a través de la mirada de otros”, como ella misma lo explicó años después.
González rompió con los soportes tradicionales de la pintura y llevó su obra a objetos cotidianos como camas, muebles, cortinas de baño, piezas metálicas y vasijas. Desde allí retrató a figuras del poder político, escenas sociales y símbolos religiosos, siempre con un tono que combinaba sátira, crítica y una estética deliberadamente popular. Durante años, personajes como el expresidente Julio César Turbay aparecieron reiteradamente en su trabajo, generando incomodidad en los círculos oficiales.
Con el paso del tiempo, su obra se tornó más sombría. Tras la toma del Palacio de Justicia en 1985, el dolor y las víctimas ocuparon el centro de su trabajo. Cadáveres anónimos, cuerpos arrastrados por los ríos y escenas de violencia marcaron una etapa en la que el color también se transformó. De ese periodo surgió Auras anónimas, una de sus obras más conmovedoras, dedicada a los columbarios del Cementerio Central de Bogotá como símbolo de los muertos sin nombre del conflicto colombiano.
Además de pintora, Beatriz González fue historiadora del arte, investigadora y maestra. Su primera exposición individual tuvo lugar en 1964 en el Museo de Arte Moderno de Bogotá, y desde entonces su obra recorrió museos y colecciones dentro y fuera del país. Artistas como Luis Caballero y Juan Antonio Roda la reconocieron como una figura excepcional, capaz de pintar lo colombiano con una profundidad que pocos lograron.
En sus últimas grandes exposiciones, González volvió a reunir obras emblemáticas que dialogaban con la historia del arte occidental y la memoria nacional. Desde reinterpretaciones de Manet hasta retratos de figuras históricas y políticas, su trabajo evidenció una constante: la voluntad de incomodar, recordar y resignificar.
Beatriz González no solo transformó la pintura en Colombia, sino que abrió caminos para nuevas generaciones de artistas al demostrar que cualquier objeto, imagen o fragmento de la realidad podía convertirse en arte. Su legado permanece como una de las miradas más lúcidas y valientes sobre la historia del país, una obra que seguirá interpelando a Colombia mucho después de su partida.

