La profunda preocupación que atraviesa las relaciones sociales y políticas en Latinoamérica
(LATAM) sigue siendo un tema muy amplio de discusión. Dado que ha experimentado un
bucle de avances y retrocesos que centran a la democracia como un mecanismo para el
descontento y un variado resultado de promesas incumplidas. Esto se debe a la poca
credibilidad, instrumentalización e incongruencia ideológica que han presentado los
proyectos políticos al llegar a los escenarios de representación.

Una de las preocupaciones que persisten, se debe al retorno de proyectos políticos de
derecha en LATAM en países donde la izquierda gobernaba. Entre estos se encuentran
Ecuador, Perú, Bolivia, Paraguay, Argentina y recientemente Chile, han sido un claro
ejemplo del cambio tan abrupto y abismal que ha presentado la democracia en la región.
Dichos gobiernos que centran sus agendas desde el autoritarismo, el conservadurismo, y el
uso de la fuerza estatal como un instrumento de represión punitiva, no solo puede verse
desde una óptica electoral sino de las tensiones y el doblegamiento que han tenido estos
países frente al imperialismo de EEUU con la llegada del trumpismo.

El retorno de las derechas en la región ha venido acompañado de narrativas y discursos que
apelan considerablemente al orden, la seguridad democrática, el control migratorio, la
búsqueda de relaciones con países del primer mundo, así como la defensa de valores
tradicionales que van en contraposición a agendas de derechos humanos, igualdad de
género y justicia social, que bien han sido banderas de los movimientos sociales,
estudiantiles, organizaciones feministas y el gran compendio de investigaciones científicas
y académicas que explican porque acontecen estos fenómenos. Claramente estos discursos
han generado la propagación de crisis globales que toman mayor fuerza en materia de
polarización, perfilamiento, desconfianza institucional que han sido simplificados por
discursos punitivos y antiestatales.

El caso actual de Chile resulta paradigmático y un poco inusual; tras la masificación que
presentó el estallido social en el 2019 y el intento de la redefinición constitucional que fue
una de las consignas que más se expresaban en las calles mediante diferentes repertorios de
acción. Este país ha vivido procesos de reequilibrios políticos que ha fortalecido a sectores
conservadores y de la ultraderecha, particularmente en el ámbito legislativo y en la agenda
pública. Este escenario ha limitado la capacidad transformadora del Ejecutivo, obligándolo
a reformar de forma estructural y gobernar desde un constante bloqueo político que ha sido
presionado mediáticamente. Es decir que el temor al cambio, el cansancio frente a las
expectativas puede significar un repliegue hacia las opciones políticas que han prometido
estabilidad antes de profundizar en los principios de la democracia.

Este fenómeno regional no puede desligarse de la influencia ideológica del trumpismo,
entendido no sólo como una experiencia política desde los EEUU, sino como un estilo
adoptado y relegado al quehacer político. Ya que este, ha contribuido a normalizar
discursos de confrontación, deslegitimación, cuestionamientos a los organismos y la
amenaza en cuanto a la entrega o préstamo de recursos económicos y financieros por medio
de la cooperación internacional a países focalizados en la periferia. En LATAM estas ideas
han tergiversado las decisiones de los ciudadanos para la elección del jefe (a) de Estado, lo
que refuerza prácticas de gobiernos basados en la polarización, el debilitamiento
institucional y la comunicación directa y emocional de la ciudadanía.

Es decir que del gran número de preocupaciones en la región, radica principalmente en el
retorno al poder por parte de proyectos políticos de derecha que han sido potenciados,
influidos y manejados por las narrativas transnacionales que ha originado el trumpismo.
Que no sólo redefine los equilibrios de poder, sino que pone en riesgo los avances
democráticos que ya había presentado Latinoamérica. Es decir que la reconfiguración de
ahora en adelante debe repensar críticamente las estrategias progresistas y el futuro de la
gobernabilidad en la región. Para Colombia este debe ser un antecedente que debe
despertar la atención, ya que próximamente tendremos la capacidad y la valentía de
decidir el futuro de la nación.

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