reencausar el conocimiento mao
Credito: Christian Orrego

Sacamos pecho porque tenemos diagnósticos, caracterizaciones, indicadores, matrices, plataformas y estadísticas, pero como sociedad continuamos con una deuda pendiente con algo bastante más difícil de medir: saber si realmente estamos cambiando la vida de la gente, porque siempre estamos entre cifras y muchachos de carne y hueso.

Este debería ser un planteamiento obligado, porque una política pública no puede dejar de ser una herramienta para transformar realidades, para terminar convirtiéndose en un ejercicio administrativo en el que solo se demuestra que se hizo algo.

Un joven puede ser caracterizado, censado, encuestado y convertido en porcentaje, sin que nadie haya descubierto qué sabe hacer, qué sueña, qué le preocupa o qué estaría dispuesto a construir si alguien le abre una puerta.

Ahí empieza el problema, porque existen realidades sociales que se conocen más desde un escritorio que desde el territorio; no está mal tener cifras; lo peligroso es creer que la cifra es la realidad.

Un muchacho en riesgo no deja de estarlo porque aparezca en una base de datos; una familia vulnerable no deja de serlo porque haya firmado una asistencia y un taller no transforma una vida solamente porque tenga participantes, fotografías e informe de cumplimiento.

Podemos ejecutar recursos, cumplir metas y producir estadísticas impecables, pero si al final el joven continúa sin oportunidades, referentes, formación, ingresos o razones para creer que su vida puede ser diferente, quizá cumplimos el indicador, pero fallamos en el propósito.

Entonces necesitamos esta pregunta incómoda: ¿Cuántos problemas sociales estamos administrando en lugar de prevenir?.

Hace pocos días, Colombia volvió a ponerle rostro a esa pregunta con la muerte de Naín Andrés Pérez Toncel, conocido como “Bendito Menor”, señalado por las autoridades como uno de los cabecillas de las Autodefensas Conquistadoras de la Sierra Nevada.

No hay aquí intención de romantizar el crimen, los actos delictivos no dejan de serlo ni pierden su gravedad porque alguien los vista de dinero, poder o una falsa idea de éxito, pero hoy quiero hacer otro planteamiento que no podemos esquivar: ¿En qué momento dejamos de preguntarnos quién era ese niño para empezar a preguntarnos solamente qué hizo ese hombre?.

Porque nadie aparece de la nada convertido en cabecilla de una estructura, antes hubo una infancia, un barrio, una familia, decisiones, influencias, ausencias y momentos en los que todavía era posible tomar otro camino, ahí es donde la política pública debería llegar antes, no después.

Cuando el crimen ya ofrece dinero, pertenencia, reconocimiento y poder, competir contra él es mucho más difícil, pero existe otro momento en el que sí podemos hacer la diferencia, cuando todavía hay un niño buscando qué hacer con su vida, una habilidad que nadie ha descubierto, una familia que necesita apoyo o un joven que necesita disciplina, formación, oportunidades y alguien que le diga que puede aspirar a algo distinto.

Y aquí aparece otra historia, la de tantos muchachos que crecieron en circunstancias difíciles y no terminaron en el mismo lugar, una historia que conozco de primera mano, conocí realidades difíciles y pude haber permitido que las circunstancias escribieran por mi el resto de la historia, pero decidí trabajar, emprender, construir una familia, levantarme una y otra vez y poner mi experiencia al servicio de otros.

Hoy soy esposo, padre, trabajador, emprendedor y servidor de Dios, procuro decirles a otros jóvenes que ellos tampoco están condenados a repetir aquello de lo que vienen.

Y sé que no soy el único, somos muchos hijos de Jesucristo que podemos dar testimonio de que es el quien hace nuevas todas las cosas, de su redención y de las maravillas que Él ha hecho en nuestras vidas, “No temas, porque yo te he redimido, te he llamado por tu nombre; mío eres tú”; porque el lugar donde comenzamos no tiene por qué determinar el lugar donde terminamos.

No cuento esto para comparar personas ni para justificar decisiones, lo cuento porque nos recuerda algo que como sociedad parecemos olvidar: un muchacho puede convertirse en aquello que el entorno termina alimentando. La ilegalidad también hace política, también recluta, también ofrece pertenencia, también construye referentes, también vende una narrativa de éxito.

La diferencia es que no llena formularios para hacerlo, por eso no podemos pretender que el Estado compita contra esa realidad únicamente con talleres ocasionales, cifras de cobertura y programas diseñados desde la distancia, necesitamos política pública con calle, con territorio, con escucha, con continuidad, con formación, con oportunidades reales.

Porque invertir socialmente no es simplemente ejecutar un presupuesto, es preguntarnos qué pasó con ese muchacho seis meses, un año o cinco años después, quizá por eso una frase bíblica tan sencilla contiene una responsabilidad social enorme:

“Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se apartará de él.” Proverbios 22:6. Instruir no es solamente escolarizar, es acompañar, formar, enseñar un oficio, poner límites, fortalecer la familia, descubrir talentos y abrir oportunidades.

Una política pública verdaderamente transformadora debería preguntarse menos cuántas personas atendió y mucho más cuántas vidas logró encaminar. ¿Cuántos jóvenes encontraron un oficio?; ¿Cuántos descubrieron un talento?; ¿Cuántos pudieron emprender?; ¿Cuántos dejaron de mirar la ilegalidad como la única puerta posible?

Y quizá la pregunta más difícil cambie: ¿Cuántos niños nunca llegaron a convertirse en una noticia porque alguien llegó a tiempo?, eso también es resultado, solo que no siempre cabe en una matriz, no siempre aparece en una gráfica y no siempre produce una fotografía para el informe o lucirme en redes sociales.

Hemos aprendido a medir casi todo, pero todavía nos cuesta medir aquello que verdaderamente importa, una estadística puede corregirse en el siguiente informe, un indicador puede modificarse, una matriz puede actualizarse, Pero una vida no tiene botón de reinicio.

Por eso las políticas públicas no pueden ser documentos técnicamente impecables elaborados lejos de la realidad que pretenden transformar, necesitamos menos escritorio sin territorio y más territorio con propósito, menos cifras utilizadas para demostrar que se hizo algo y más resultados capaces de demostrar que algo cambió.

Porque gobernar, administrar recursos públicos y diseñar programas sociales no debería consistir en llenar casillas, Debería consistir en abrir caminos. Y antes de celebrar la próxima cifra, el próximo indicador o el próximo porcentaje de cumplimiento, tal vez deberíamos hacernos una pregunta que no aparece en ninguna plataforma: ¿Dónde estábamos cuando todavía estábamos a tiempo?

Porque quizá el verdadero éxito de una política pública no sea cuántos problemas logró atender. Quizá sea cuántos problemas nunca llegaron a existir porque alguien decidió intervenir antes de que fuera demasiado tarde.

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