Basta recorrer titulares y redes sociales para notarlo: palabras diseñadas para alarmar, indignar o generar sensación de amenaza se repiten a diario. No buscan comprensión ni contexto. Buscan reacción. Y casi siempre la consiguen. El miedo y la rabia capturan atención más rápido que la calma. Esto no es un accidente del ecosistema digital: es una estrategia conocida y eficaz.
El cerebro humano responde con mayor intensidad a lo negativo. Lo amenazante acelera el juicio y reduce la reflexión. Por eso los mensajes que exageran el peligro, el caos o la figura del enemigo funcionan tan bien. Activan emociones primarias y desactivan el pensamiento crítico. Informar pasa a segundo plano; lo central es alterar el estado emocional del ciudadano.
El problema no es hablar de los conflictos reales del país. Colombia tiene heridas abiertas y desafíos complejos. El problema es convertir el miedo en atmósfera permanente. Cuando todo es crisis, todo es urgencia y todo es amenaza, la sociedad entra en modo reactivo. Y una sociedad reactiva es más fácil de conducir que una sociedad que piensa.
Las palabras no son inocentes. Construyen marcos mentales. Repetir de forma sistemática términos como colapso, guerra, desastre o enemigo instala una percepción de peligro continuo. En ese clima, el debate se empobrece, el matiz desaparece y la conversación pública se transforma en confrontación emocional.
Aquí la política encuentra terreno fértil, especialmente en tiempos electorales. No se disputan ideas, se disputan emociones. Se moviliza el temor a perder, la rabia contra el otro, la angustia frente al futuro. El resultado no es ciudadanía deliberante, sino masa emocionalmente activada.
El costo social es alto. La exposición constante a lenguaje alarmista produce cansancio, desconfianza y una sensación de amenaza permanente. Se normaliza el grito, se desprecia la pausa y se vuelve sospechoso quien no reacciona con indignación inmediata. Pensar se vuelve lento; reaccionar, obligatorio.
Este fenómeno no es responsabilidad exclusiva de medios o líderes políticos. También es colectivo. Cada titular compartido sin lectura crítica, cada mensaje amplificado solo porque indigna, fortalece una economía basada en la alteración emocional. Luego nos sorprendemos por la polarización y el desgaste social, como si no participáramos activamente en su reproducción.
La pregunta incómoda es esta: ¿Qué emoción nos están entrenando para sentir?
Colombia no necesita menos verdad ni menos debate. Necesita menos manipulación emocional y más responsabilidad en el uso del lenguaje público. Porque cuando el miedo se convierte en herramienta política, lo que se debilita no es solo el adversario, sino la capacidad colectiva de pensar, decidir y convivir.


