reencausar el conocimiento mao
Credit: Christian Orrego

Cada vez que el escenario político se agita, ocurre lo mismo, reaparecen promesas perfectas, hasta que se examinan de cerca, porque no es la política la que cambia; lo que muta, según la conveniencia, es el discurso de candidatos que hoy defienden una idea y mañana la contradicen sin pudor y ahí empieza el problema.

En campaña, muchos descubren una humildad sospechosa, hablan como si siempre hubieran estado del lado de la gente, pero basta observarlos con atención para notar que esa cercanía es su mejor libreto. Detrás están el ego, la prepotencia y la obsesión por imponer su voluntad. Porque la prepotencia no siempre grita, se esconde en la incapacidad de escuchar, en el desprecio por la crítica, en quien cree que el poder le pertenece y ese liderazgo no construye, erosiona.

A esto se suman el capricho y el cálculo, candidatos que no buscan transformar, sino acomodarse; que no gobiernan para la gente, sino para sus intereses, sus alianzas y su estatus, así es cuando la política deja de ser servicio y se convierte en botín.

Hay que decirlo sin rodeos; la política no es el problema, el problema es el
ser humano; esos “politiqueros” que han degradado lo público, incluso los
que hoy se disfrazan de alternativa mientras repiten las mismas mañas,
cambian el discurso, no las prácticas, viven del conflicto, del señalamiento y
de la victimización, porque en un entorno donde el escándalo da visibilidad,
gritar reemplaza proponer, critican la corrupción, mientras la replican,
cuestionan el poder mientras lo usan igual, esto no es cambio, es el mismo
problema con otro discurso.
Por eso no podemos normalizar la doble cara, evolucionar no tiene nada que
ver con cambiar de postura según convenga; eso es oportunismo, no es
cercanía aparecer en campaña y desaparecer en el poder; es engaño, no es
estrategia pactar sin principios; es traición.
Aquí lo que urge es lealtad con la palabra, con la gente y con los principios,
porque sin lealtad no hay confianza, y sin confianza no hay democracia que
resista, porque lo que vemos son caras nuevas con mañas viejas y una
peligrosa ilusión de renovación que confunde y perpetúa lo mismo.
La política debe volver a su esencia, servir, pero servir exige carácter, y
carácter no es el que mas duro hable o el que mas grite, o el que mas
conflicto genere; la política también debe tener memoria y responsabilidad,
porque cuando elegimos mal, no lo pagan los candidatos, lo paga la gente, lo
paga el país.

No es tiempo de ingenuidad.
Es tiempo de carácter.

No es tiempo de discursos acomodados.
Es tiempo de verdad.

No es tiempo de politiqueros.
Es tiempo de lealtad.

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