En la mañana de hoy, muchas personas alrededor del mundo pudieron llegar puntuales al trabajo para cumplir con sus responsabilidades, responder los mensajes y quizá sonrieron cuando alguien se acercó, pero nadie imagina que, detrás de esa aparente normalidad, pueda haber una batalla que nadie conoce.
Hemos aprendido a mirar demasiado lo que las personas hacen, pero muy poco el cómo están; cada día parecemos un poco más fríos, un poco más indolentes, no vamos a generalizar; no todos, por supuesto. Eso sería injusto hacerlo, porque en medio de las tragedias, también hemos visto la mano solidaria de personas capaces de detenerse, tender una mano, preguntar y quedarse a escuchar; pero también es cierto que la empatía parece haberse convertido, muchas veces, en una emoción pasajera.
Claro que nos conmueve una tragedia, compartimos un mensaje, expresamos solidaridad, nos duele durante unos días, pero después, poco a poco, la emoción desaparece y cada quien regresa a su propia vida, a sus propios problemas, a ese mundo donde con demasiada frecuencia vuelve a importar solamente lo propio.
Y quizá allí está una de nuestras mayores pérdidas, nos estamos acostumbrando a olvidarnos del otro, nos encontramos tan familiarizados con la frialdad de las pantallas y con las emociones que ellas producen, que hemos empezado a confundir sentir una reacción con sentir de verdad.
Las pantallas nos muestran dolor, alegría, indignación, ternura y tragedias; así que en cuestión de segundos pasamos de una emoción a otra con la misma velocidad con la que deslizamos un dedo y sin darnos cuenta, podemos estar viviendo también en piloto automático.
Estamos presentes, pero ausentes, porque es común observar como dos personas pueden sentarse frente a frente en un café y no mirarse, los amigos pueden compartir una cena, pero estar mas atentos a una pantalla, una familia puede estar reunida alrededor de una mesa, mientras cada integrante habita, en silencio, un mundo diferente.
Estamos físicamente cerca, pero emocionalmente cada vez más lejos. Y hay algo todavía más sencillo que también parece haberse perdido, el saludar, mirar a alguien a los ojos y decir “buenos días” y porque no ,preguntar? cómo está?, reconocer al vecino, dar las gracias, sonreírle a quien nos atiende, detenernos unos segundos para reconocer que delante de nosotros, hay otro ser humano con una historia que desconocemos.
Quizá esto parece poco, pero es precisamente en esos pequeños gestos donde la humanidad comienza, en esos pequeños detalles que no necesitan una pantalla, una publicación ni cientos de reacciones para tener valor, porque el seguir adelante, no siempre significa estar bien.
A veces una persona continúa porque no tiene otra opción, porque hay cuentas que pagar, hijos que cuidar, responsabilidades que atender, porque incluso cuando el corazón está cansado, la vida no siempre da permiso para detenerse; por eso preguntar de verdad implica algo más que pronunciar una frase, implica estar dispuesto a escuchar una respuesta que quizá no esperábamos.
La Palabra de Dios nos lo explica en una frase sencilla, pero profundamente poderosa: “Gozaos con los que se gozan; llorad con los que lloran” (Romanos 12:15) y Jesucristo, el Maestro de maestros, no solo nos lo enseñó con sus palabras, sino que lo mostró con su propia vida, el Lloró ante la muerte de Lázaro junto a Marta y María; sintió misericordia por los afligidos y necesitados; mostró compasión por los leprosos y se acercó a quienes otros preferían mantener a distancia y se entregó por completo a anunciar aquello que para muchos parecía una locura, pero que para quienes creen es poder de Dios, el Evangelio.
Jesús nos enseñó que la verdadera humanidad también consiste en saber alegrarnos con la alegría del otro, sentir el dolor de quien sufre y no pasar de largo frente a quien necesita una palabra, una mano o simplemente nuestra presencia, de eso se trata vivir en comunidad, el recuperar la capacidad de sentir con el otro, de alegrarnos sinceramente por su alegría y de no ser indiferentes frente a su dolor.
No podemos solucionar todas las dificultades que encontramos, tampoco podemos cargar con las historias de todos, pero sí podemos decidir no pasar de largo, tal vez necesitamos recuperar la calidez genuina que emana de nuestra humanidad, dejar de funcionar en automático y vuelve a mirar, escuchar, abrazar, saludar y acompañar, porque quizá la pregunta más importante ya no sea solamente “¿Cómo estás?”, quizá deberíamos preguntarnos nosotros mismos ¿Cuándo dejamos de preguntar?.


