«El hombre de doble ánimo es inconstante en todos sus caminos».
–Santiago 1:8.
En la política abundan los camaleones que no cambian de partido por convicción sino de intereses; hoy levantan una bandera y mañana cuando sople un viento mas favorable culpan el pasado para justificar su acomodo en el presente.
La receta es previsible: se milita en un bando y se coquetea en secreto con la acera de
enfrente, aguardando el momento exacto en que la suerte asome en otra parte; si el puesto codiciado se concreta, se disfraza de evolución política y si alguien se atreve a cuestionar la lealtad, se despliega el libreto de las excusas: que faltó apoyo, que hubo promesas rotas o que el lugar nunca estuvo a la altura de sus ambiciones.
Resulta llamativo el radar de estos personajes, los defectos del viejo equipo solo se hacen visibles el día exacto en que logran un lugar en el nuevo, antes callaban por prudencia, después asumen el papel de víctimas eternas para justificar su mudanza.
Por supuesto, cambiar de opinión no es pecado, como tampoco lo es tejer alianzas en pro de la democracia, el conflicto ético brota cuando la fidelidad se ofrece en público mientras se comercia en secreto y cuando la gratitud dura únicamente lo que tarda en asomar una propuesta más lucrativa.
Aunque Santiago no pensaba en la política electoral cuando hablo del doble ánimo del ser humano, aplicado con fuerza en este contexto, su advertencia sigue vigente: no se puede pretender liderar a otros defendiendo principios que se archivan en cuanto cambia el viento.
Los cargos públicos deberían ser una oportunidad para servir, no el premio de consolación de una lealtad puesta en subasta, porque en la política todos pueden cambiar de rumbo, pero no todos pueden explicar ese cambio sin tener que reescribir su propia historia.
La pregunta no es quién terminó sentado en qué despacho, la pregunta es ¿cuántas convicciones tuvo que dejar en el camino para llegar allí?.


