Claudia Esperanza Castaño Montoya “Cece”
Claudia Esperanza Castaño Montoya “Cece”

Cada vez que el conflicto se intensifica, aparece una tensión silenciosa: responder desde la dureza o intentar no perder la humanidad en el proceso. En ese cruce de caminos, la palabra compasión suele incomodar, no por ingenua, sino por profundamente exigente.

Un comentario reciente de un lector, respetuoso y bien argumentado, puso esa incomodidad en palabras. Señalaba algo fundamental: la compasión no es una llave maestra que sirva para todas las situaciones, ni puede convertirse en una excusa para evitar la firmeza cuando ya se han agotado otros caminos. Esa observación es válida y merece ser tomada en serio.

La columna anterior nació inspirada en un texto que propone una idea poco habitual: la compasión entendida como acción consciente. No como pasividad, indulgencia o resignación, sino como una postura interna desde la cual elegimos cómo responder al conflicto. La invitación no era a dejar de actuar, sino a cuidar el lugar desde el cual lo hacemos.

Aquí aparece una distinción clave. Ser compasivos no significa permitir el daño, renunciar a los límites o suspender la búsqueda de justicia. Significa algo más exigente: no permitir que el odio, el miedo o el resentimiento se conviertan en el motor de nuestras decisiones. Porque cuando eso ocurre, incluso las acciones necesarias pueden terminar reproduciendo la misma lógica que decimos rechazar.

Actuar con firmeza no es incompatible con la compasión. La diferencia está en el origen de la acción. No es lo mismo poner un límite desde la rabia que hacerlo desde la claridad. No es lo mismo responder desde la reacción que desde la conciencia. El gesto externo puede parecer similar; el impacto interno —y también el colectivo— no lo es.

Cuando hablamos de visualizar soluciones o de sostener internamente una actitud compasiva frente al conflicto, no estamos justificando conductas dañinas. Estamos eligiendo no replicar la misma frecuencia de confrontación. Estamos protegiendo nuestro centro humano para poder actuar con mayor lucidez. Esa elección, aunque silenciosa, tiene consecuencias reales: fortalece la autoestima, afina la intuición y nos ayuda a discernir cuándo hablar, cuándo callar y cómo actuar.

En un mundo saturado de respuestas viscerales y posiciones extremas, esa claridad interior se vuelve un recurso de paz. No una paz ingenua, sino una paz activa, capaz de sostener límites sin deshumanizar, de ejercer firmeza sin perder la dignidad propia ni la del otro.

Tal vez la paz no consista en estar de acuerdo, sino en aprender a sostener el desacuerdo sin rompernos por dentro. Y ese aprendizaje comienza siempre en un lugar íntimo: la calidad de conciencia desde la que elegimos responder.

En una próxima reflexión, quisiera llevar esta conversación un paso más allá: cómo se encarna esta compasión firme en decisiones reales, cotidianas y colectivas, sin caer ni en la ingenuidad ni en la dureza estéril. Porque la paz no es una idea abstracta; es una práctica que se ensaya cada día.

Ahí, silenciosamente, empieza la verdadera acción de paz.

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