En Colombia se sigue enfrentando una realidad lamentable, jóvenes que pierden la vida por conflictos relacionados con el fútbol; según cifras de la Policía Nacional y reportes de prensa de los últimos años, decenas de personas han muerto en hechos asociados al barrismo violento dónde cientos han resultado heridos en enfrentamientos dentro y fuera de los estadios.
Estos no son números fríos, son familiares o amigos, el fútbol es pasión, es identidad, es cultura popular pero jamás puede convertirse en una razón para llevar la rivalidad al
extremo.
La mayoría de quienes terminan involucrados en estos hechos son jóvenes, jóvenes con
sueños, con talento, con capacidad de liderazgo; el problema no es la juventud; es el rumbo al cuál se han dirigido promoviendo violencia por medio de una camiseta.
Aquí es donde debemos hacer una pausa, la rivalidad deportiva no es enemistad personal y un partido no es perder la dignidad, el defender un equipo no significa atacar al otro; el verdadero hincha no demuestra su amor golpeando, demuestra su orgullo respetando.
Necesitamos fortalecer una política pública nacional que promueva el barrismo social, la formación en convivencia y acompañamiento psicológico con liderazgo positivo dentro de las barras; pero también necesitamos algo más profundo de conciencia individual.
Cada joven debe preguntarse: ¿Vale la pena arriesgar mi libertad, mi futuro o mi vida por una riña que mañana nadie recordará? ¿Vale la pena causarle dolor a mi familia por demostrar una falsa valentía? La violencia no hace más grande a ningún equipo, la violencia solo deja cementerios llenos y cárceles con más reos.
El fútbol debe volver a ser lo que siempre fue una fiesta, un espacio para compartir, no para enterrar amigos; la verdadera revolución en las tribunas no es gritar más fuerte, es aprender a respetar.
Porque cuando entendamos que ninguna camiseta o equipo está por encima de la vida, ese día empezaremos a ganar el partido más importante; el de la cultura y la convivencia.

