El 10 de agosto a las 07:34 de la mañana fuimos sorprendidos por un terremoto de magnitud 7,4. Duró entre 90 segundos y 2 minutos, para todos fue una eternidad.


El balance duele, 331 fallecidos, 4.595 heridos, 257 desaparecidos -aunque pueden ser más-, 361.000 damnificados, 273.000 viviendas averiadas, 43.000 destruidas, 5.883 edificios dañados y 603 colapsados. Sin contar aeropuertos, colegios, templos, vías y puentes.


A eso sumemos las fuentes de trabajo y el comercio destruido. La afectación económica, social y mental es incalculable.
En medio de la ruina destacamos la solidaridad y entrega de nuestra gente. Y lamentamos también la pérdida de las mascotas, que nadie cuenta.
Pero también duele la otra cara: el oportunismo. Bandidos robando lo poco que quedó en casas y apartamentos. Gente instalando carpas sin ser damnificada para exigir ayudas. Y descarados recibiendo mercados y kits para revenderlos.
Y la indolencia más vergonzante: inmobiliarias y arrendatarios abusando de la necesidad. Casas que pasaron de $1.200.000 a $2.000.000 el alquiler mientras cientos de familias aún duermen en carpas. Y ni la alcaldía ni las autoridades controlan.
Ni hablar de políticos inescrupulosos que aprovechan para salir en videos mostrando más de lo que hacen.
Aún salimos a la calle y se nos arruga el corazón al ver nuestra amada ciudad. La herida está fresca y no cicatriza todavía. Nuestros corazones están golpeados, pero no doblegados. De estos escombros RESURGIREMOS al recio empuje de los titanes.



