Durante más de dos décadas, la cosmología moderna se apoyó en una idea revolucionaria: el universo no solo se expande, sino que esa expansión se acelera con el paso del tiempo. Esta conclusión llevó a proponer la existencia de la energía oscura, una fuerza misteriosa que domina la dinámica del cosmos. Sin embargo, un nuevo análisis científico plantea que una de las herramientas clave usadas para llegar a esa conclusión podría estar sesgada.
El estudio, liderado por investigadores de la Universidad Yonsei, pone bajo la lupa a las supernovas de Tipo Ia, explosiones estelares que han sido fundamentales para medir distancias cósmicas. Estas supernovas se consideran “candelas estándar” porque, en teoría, todas emiten una cantidad de luz muy similar. Esa supuesta uniformidad permitió reconstruir la historia de la expansión del universo.
El nuevo trabajo cuestiona precisamente esa premisa. Los científicos encontraron que la luminosidad de las supernovas de Tipo Ia no depende únicamente del evento explosivo, sino también de la edad de las estrellas que las originan. Las poblaciones estelares más antiguas tienden a producir supernovas ligeramente más brillantes que las más jóvenes.
Este detalle, aparentemente menor, podría tener un impacto profundo en la cosmología. Parte de la atenuación observada en supernovas muy lejanas —interpretada durante años como evidencia de una expansión acelerada— podría estar relacionada con este efecto de edad, y no exclusivamente con la acción de la energía oscura.
Al corregir este sesgo, los datos ofrecen una lectura diferente del comportamiento del universo. En lugar de una energía oscura constante e inmutable, los resultados sugieren que su influencia podría disminuir con el tiempo. Bajo este escenario, la fase de expansión acelerada no sería eterna, y el cosmos podría estar avanzando lentamente hacia una etapa de desaceleración.
Si esta tendencia se mantuviera durante miles de millones de años, el destino final del universo cambiaría de forma radical. En vez de un universo que se expande indefinidamente, volvería a tomar fuerza la hipótesis del Big Crunch, un colapso gravitatorio en el que toda la materia y la energía acabarían reuniéndose de nuevo.
Los propios investigadores llaman a la cautela. El estudio no refuta de manera definitiva la expansión acelerada ni confirma que el universo vaya a colapsar. Lo que hace es señalar una posible grieta en uno de los supuestos más aceptados de la cosmología reciente.
Lo relevante es que estas conclusiones no entran en conflicto con otras mediciones independientes, como las observaciones del fondo cósmico de microondas o las oscilaciones acústicas bariónicas. No prueban el nuevo escenario, pero tampoco lo descartan.
En los próximos años, telescopios y observatorios de nueva generación permitirán estudiar millones de supernovas con una precisión sin precedentes. Si el sesgo señalado se confirma, no solo cambiarán algunos valores en los modelos cosmológicos: también podría transformarse la forma en que entendemos el pasado, el presente y el futuro del universo.
Porque, a veces, el mayor descubrimiento no es que el cosmos haya cambiado, sino que nuestras herramientas para medirlo nunca fueron tan perfectas como creíamos.

