Lo que durante años fue presentado como una historia de mutaciones provocadas por la radiación hoy toma un giro inesperado. Los perros que habitan en la zona de exclusión de Chernóbil no son animales deformados por el desastre nuclear de 1986, sino una población que ha experimentado un proceso de adaptación acelerada.
Un equipo internacional de investigadores comparó el ADN de los perros que viven en los alrededores de la antigua central nuclear con el de poblaciones caninas fuera del área contaminada. El análisis reveló más de 390 regiones genómicas con diferencias significativas respecto al resto de los perros del mundo.
Lejos de mostrar mutaciones caóticas asociadas a la exposición crónica a radiación ionizante, los genomas presentan señales vinculadas a mecanismos de reparación del ADN, respuesta al estrés celular y procesos de supervivencia en condiciones adversas. Es decir, no se trata de daños genéticos descontrolados, sino de indicios de selección natural en marcha.
La evolución suele medirse en miles o millones de años, pero en este caso los cambios se acumularon en apenas cuatro décadas. Tras el accidente nuclear, muchos animales domésticos quedaron abandonados cuando se evacuó la zona. Sus descendientes, aislados geográficamente y sometidos a escasez de recursos y presión ambiental, conformaron una población diferenciada.
No se trata de una nueva especie, pero sí de un grupo genéticamente distinto. En un entorno extremo, sobrevivieron y se reprodujeron aquellos individuos con combinaciones genéticas más favorables. Para los científicos, el caso representa una oportunidad única de observar adaptación biológica casi en tiempo real.
En los últimos meses, voluntarios que asisten a los animales documentaron la presencia de varios perros con pelaje de tonalidad azulada en las cercanías de Prípiat. Aunque el fenómeno despertó especulaciones sobre nuevas mutaciones, la hipótesis más probable apunta a la exposición a compuestos químicos o metales presentes en el suelo o el agua, más que a un cambio genético estable.
El episodio refleja la complejidad del ecosistema dentro de la zona de exclusión: no todo fenómeno extraño responde a evolución. Parte puede explicarse por contaminación ambiental y factores externos aún poco estudiados.
Actualmente se estima que cientos de perros viven dentro del área restringida, asistidos de forma intermitente por organizaciones que los vacunan y alimentan. Su supervivencia en un territorio considerado inhabitable para humanos pone en evidencia la resiliencia de los ecosistemas.
Chernóbil se ha convertido, sin proponérselo, en un laboratorio natural donde la ciencia observa cómo la vida se reorganiza tras una catástrofe. Los perros que deambulan entre reactores abandonados no son criaturas mutantes: son una demostración de que la evolución no se detiene, incluso frente a los errores más graves de la humanidad.

