La historia detrás de una de las imágenes más impactantes del siglo XX vuelve a abrirse paso, esta vez desde el cine documental. La fotografía conocida como “la niña del napalm”, capturada en 1972 durante la guerra de Vietnam, no solo marcó un antes y un después en la percepción global del conflicto, sino que ahora también alimenta un debate sobre su verdadera autoría y los límites éticos del fotoperiodismo.

Durante décadas, el crédito de la imagen fue atribuido al fotógrafo Nick Ut, quien incluso recibió el Premio Pulitzer por su trabajo. Sin embargo, nuevas revelaciones recogidas en el documental The Stringer han puesto en duda esa versión oficial, reavivando preguntas incómodas sobre la construcción de la memoria histórica, el papel de las agencias informativas y el impacto de las decisiones editoriales en la verdad documentada.

El 8 de junio de 1972, en la aldea de Trang Bang, una niña corría desnuda por una carretera tras un bombardeo con napalm ejecutado por error por fuerzas survietnamitas. Esa escena, capturada en una sola imagen, se convirtió en símbolo universal del horror de la guerra. Publicada al día siguiente en medios de todo el mundo, la fotografía expuso con crudeza las consecuencias del conflicto y ayudó a moldear la opinión pública internacional.

Pero medio siglo después, la narrativa que acompañó esa imagen empieza a resquebrajarse. Según el testimonio de Carl Robinson, exeditor de fotografía de la agencia Associated Press en Saigón, la autoría habría sido asignada de forma deliberada al fotógrafo del staff, dejando de lado al verdadero autor, un colaborador freelance vietnamita llamado Nguyen Thanh Nghệ.

La confesión, que Robinson comenzó a divulgar en 2009, señala que la decisión respondió a órdenes jerárquicas dentro de la agencia. Este tipo de intervención editorial plantea un debate de fondo: ¿hasta qué punto la historia que conocemos está mediada por intereses institucionales? Y más aún, ¿quién decide qué nombres quedan inscritos en la historia?

El documental The Stringer, dirigido por Bao Nguyen, se adentra en esta controversia con una mirada investigativa y humana. La producción sigue el trabajo del fotoperiodista Gary Knight, quien lidera una pesquisa para esclarecer los hechos y determinar si realmente hubo una atribución errónea.

A través de técnicas modernas como el análisis fotograma a fotograma, revisión de archivos y datos satelitales, el equipo intenta reconstruir lo ocurrido aquel día. Aunque no ofrece una conclusión definitiva, el documental logra algo igualmente poderoso: instalar la duda en una historia que parecía inamovible.

El propio director ha señalado que el objetivo no es desacreditar a figuras históricas, sino abrir un espacio para cuestionar los relatos oficiales. En ese sentido, la película se inscribe en una tendencia creciente del periodismo contemporáneo: revisar el pasado con nuevas herramientas y perspectivas.

Además, la ausencia de una respuesta directa por parte de Nick Ut, quien ha evitado participar en el documental, añade otra capa de complejidad. El silencio, lejos de cerrar el caso, amplifica la discusión y deja abiertas múltiples interpretaciones sobre lo ocurrido.

Más allá del caso puntual, esta controversia pone sobre la mesa temas centrales del fotoperiodismo contemporáneo: la ética profesional, la transparencia editorial y la construcción de la memoria colectiva. La autoría de una imagen no es solo un crédito técnico; es el reconocimiento que define trayectorias, legitima discursos y determina quién forma parte del registro histórico.

Instituciones como World Press Photo ya han comenzado a revisar el caso, incluso considerando la suspensión del crédito original ante las dudas planteadas. Este tipo de decisiones refleja un cambio importante en el sector: la disposición a reexaminar el pasado, incluso cuando implica cuestionar relatos consolidados durante décadas.

En paralelo, el documental también invita a reflexionar sobre el papel del cine como herramienta de investigación. Lejos de ofrecer verdades absolutas, este tipo de producciones funcionan como detonantes de conversación, capaces de visibilizar historias olvidadas o marginadas.

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