Décadas después del final de la Segunda Guerra Mundial, grandes cantidades de armamento siguen ocultas bajo el mar Báltico. Se estima que entre 40.000 y 60.000 toneladas de armas químicas permanecen en el fondo marino, junto con enormes cantidades de munición convencional.

Este legado bélico continúa siendo objeto de estudio por parte de científicos que intentan comprender sus efectos sobre el ecosistema marino. Según el biólogo Michal Czub, del Instituto de Oceanología de la Academia Polaca de Ciencias, el problema no se limita a las armas químicas, ya que también existen grandes cantidades de armamento convencional que pueden resultar igualmente contaminantes.

El investigador explica que durante el siglo XX se desplegaron hasta 200.000 minas marinas en el mar Báltico. Estas podían contener desde decenas de kilogramos de explosivos hasta cerca de una tonelada, lo que refleja la enorme escala del material militar que permanece sumergido.

Aunque el término “bomba de relojería” suele emplearse para describir este fenómeno, los expertos prefieren evitarlo. Sin embargo, sí reconocen que la corrosión de las armas con el paso del tiempo provoca la liberación de sustancias tóxicas en el agua, lo que termina afectando a los organismos marinos: La magnitud real del problema todavía no se conoce con exactitud. Los científicos señalan que, en algunos casos, los compuestos menos abundantes podrían resultar incluso más peligrosos que aquellos presentes en mayores cantidades.

Actualmente, el vertido de armas al mar está prohibido por varios acuerdos internacionales, entre ellos el Convenio de Londres de 1972, el Tratado de los Fondos Marinos de 1971, la Convención sobre Armas Químicas de 1993 y el Convenio de Helsinki. Aun así, el experto recuerda que los conflictos armados actuales continúan generando situaciones similares.

Los estudios en el mar Báltico se consideran especialmente valiosos porque permiten analizar el impacto a largo plazo de los arsenales hundidos. Este conocimiento podría ser útil en el futuro para gestionar las consecuencias ambientales de conflictos más recientes.

Las investigaciones también han demostrado que algunos productos derivados de la degradación de estas armas pueden ser incluso más tóxicos que los compuestos originales. Esto contradice la idea que se difundió tras la guerra de que el agua del mar neutralizaría los efectos de las armas químicas. En el caso de la fauna marina, se han detectado toxinas en peces capturados en el mar Báltico, aunque las concentraciones encontradas hasta ahora son bajas. Sin embargo, los científicos advierten que todavía existen importantes lagunas de conocimiento.

Otro factor que preocupa a los investigadores es el calentamiento de los mares. El aumento de la temperatura acelera la corrosión del metal, lo que podría provocar una liberación más rápida de sustancias químicas. Además, la retirada de estas armas plantea un problema legal complejo. Algunos expertos señalan que recuperar municiones químicas del fondo del mar podría entrar en conflicto con las convenciones internacionales que prohíben la posesión de este tipo de armamento.

Mientras continúa el debate sobre cómo actuar, los científicos siguen estudiando el fondo del mar Báltico para comprender mejor el alcance de este legado histórico y sus posibles consecuencias ambientales.

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