Desde el corazón de las selvas colombianas hasta las vitrinas de la industria alimentaria global, el azul de jagua se ha convertido en un símbolo de innovación científica con sello femenino. Este colorante natural, desarrollado a partir del fruto del árbol de jagua (Genipa americana), no solo representa un avance tecnológico, sino también un modelo de transformación territorial basado en la bioeconomía y la equidad de género.

En el marco del Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, este proyecto destaca como ejemplo de cómo la investigación aplicada puede generar impacto económico, social y ambiental, beneficiando hoy a más de 125 familias en tres territorios del país.

La historia del azul de jagua comienza en el Chocó, tierra natal de la científica Sandra Zapata. Durante su tesis doctoral, lideró la investigación para transformar el fruto de la jagua —especie nativa de la Amazonía, el Caribe y el Pacífico— en un aditivo natural de alto valor para la industria alimentaria.

El proyecto tomó fuerza junto a Paola Salazar, gerente de Ecoflora, consolidando una alianza entre ciencia rigurosa y visión empresarial. Para Zapata, el impacto va más allá del laboratorio: “La ciencia es un gran jalonador de los territorios cuando responde a las necesidades del mercado y genera ingresos sostenibles. Como mujer científica, he visto cómo este trabajo también abre oportunidades para que otras mujeres y niñas participen, tengan voz y transformen su realidad desde el territorio”.

El fortalecimiento de la cadena productiva ha contado con el respaldo de la ONG Swisscontact, a través del programa Colombia Más Competitiva (C+C), financiado por la Cooperación Suiza (Seco), así como del proyecto Frutos del Bosque, financiado por UK PACT del Reino Unido.

Según el informe de impacto 2024 de Ecoflora, esta articulación permitió aumentar hasta en un 47 % los ingresos de las familias proveedoras, beneficiando directamente a 388 personas en regiones como Chocó, Magdalena Medio, Cauca y Nariño.

En palabras de Enrique Maruri, director de Swisscontact Colombia: “Los procesos realmente transformadores nacen cuando innovación y participación equitativa avanzan juntas”.

Si bien la jagua ha sido utilizada ancestralmente para distintos fines, el avance científico consistió en desarrollar un proceso que permitiera obtener un colorante azul estable, resistente a variaciones de luz, temperatura y pH, características fundamentales para su uso industrial.

Ese rigor técnico ha permitido que el azul de jagua sea adoptado por marcos regulatorios internacionales como el Codex Alimentarius, facilitando su comercialización en más de 180 países. Además, cuenta con el respaldo de la FDA en Estados Unidos y de la Autoridad Europea de Seguridad Alimentaria (Efsa), con apoyo técnico del Invima en Colombia.

Para Paola Salazar, el proyecto demuestra que la biodiversidad puede convertirse en motor de desarrollo sostenible: “Apostarle a una bioeconomía basada en el uso sostenible de la biodiversidad nos permitió transformar conocimiento científico en una innovación con impacto real, donde el liderazgo femenino ha sido clave para conectar la biodiversidad, el negocio y el desarrollo territorial”.

En 2026, frente al llamado de la Unesco a pasar de la visibilización a la acción en las áreas STEM (ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas), el azul de jagua se posiciona como un caso emblemático de cómo la ciencia aplicada, el enfoque de género y la sostenibilidad pueden rediseñar el futuro productivo del país.

Más que un colorante natural, el azul de jagua representa un modelo de innovación donde la biodiversidad se transforma en oportunidades, las mujeres lideran la investigación y los territorios encuentran nuevas rutas de desarrollo.

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