El azul profundo del mar de China Meridional fue sustituido durante años por aguas turbias y blanquecinas. Ese cambio visible incluso desde el espacio marcó el inicio de una de las transformaciones marítimas más ambiciosas del siglo XXI: la creación de islas artificiales a partir de arena, dragado y hormigón.
Entre finales de 2013 y 2016, China aceleró un proceso que se extendió durante más de una década, convirtiendo arrecifes y bajíos del archipiélago de las Spratly en superficies emergidas y estables. Estas nuevas plataformas pasaron de ser formaciones parcialmente sumergidas a instalaciones permanentes con pistas aéreas, muelles y sistemas de vigilancia.
La magnitud del proyecto se refleja en las cifras. Diversas estimaciones sitúan la superficie ganada al mar en más de 810 hectáreas hacia 2015, cifra que habría aumentado hasta cerca de 1.295 hectáreas a finales de 2016. El proceso se concentró en siete puntos estratégicos que fueron elevados, compactados y reforzados para resistir el oleaje y las tormentas.
El método utilizado fue directo y repetitivo. Dragas de corte y succión extrajeron sedimentos del fondo marino y los bombearon sobre los arrecifes seleccionados. Posteriormente, se procedió a la compactación del terreno y a la construcción de diques y estructuras de hormigón para asegurar la estabilidad. En mar abierto, esta ingeniería se convirtió en una carrera constante contra la erosión.
Más allá del desafío técnico, el objetivo fue estratégico. En lugares como Fiery Cross, Subi y Mischief, el avance de las obras quedó documentado en imágenes satelitales que mostraron la rápida transición desde islotes irregulares hasta plataformas con infraestructura militar y logística. Estas islas funcionan hoy como puntos clave de vigilancia y apoyo en una de las rutas marítimas más transitadas del planeta.
Sin embargo, el hormigón no resuelve la disputa legal. La Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar establece una clara diferencia entre formaciones naturales e islas artificiales, que no generan automáticamente zonas marítimas propias. Este principio fue reforzado por el laudo arbitral de 2016 en el caso presentado por Filipinas, que concluyó que las formaciones de las Spratly no podían ampliar derechos marítimos por el simple hecho de ser rellenadas.
Aunque China no reconoció ese fallo, la brecha entre presencia física y legitimidad jurídica sigue alimentando tensiones con países como Filipinas, Vietnam y Malasia. En la práctica, el mar se ha convertido en un espacio de fricción constante, donde la infraestructura existe y la soberanía continúa en disputa.
El impacto ambiental es otro punto crítico. El dragado masivo, la resuspensión de sedimentos y el enterramiento de arrecifes han provocado daños severos en ecosistemas coralinos altamente sensibles. A esto se suma la afectación a las pesquerías locales, fundamentales para muchas comunidades costeras del Sudeste Asiático, que ahora enfrentan restricciones de acceso y mayor vigilancia.
El proyecto también ha sentado un precedente observado con atención por otros países. La posibilidad de consolidar presencia territorial mediante ingeniería marítima introduce un nuevo elemento en los conflictos por zonas oceánicas. Las pistas, puertos y rompeolas construidos no desaparecen con facilidad y tienden a sobrevivir a los cambios políticos.
Así, tras años de dragas y toneladas de arena vertidas al océano, el resultado no son solo islas nuevas, sino una transformación duradera del equilibrio geopolítico, ambiental y legal en una de las regiones más sensibles del mundo.

