La expansión de la energía nuclear en China se ha convertido en un caso de estudio global. Mientras Occidente enfrenta retrasos de hasta dos décadas y sobrecostos millonarios, el gigante asiático ha logrado reducir drásticamente tanto los tiempos de construcción como el costo por kilovatio instalado, consolidando un modelo que hoy marca la pauta en la industria energética.

Este contraste no es menor. En un contexto donde la transición energética exige fuentes estables y bajas en carbono, la capacidad de construir centrales nucleares de forma eficiente se ha transformado en una ventaja estratégica. Y es ahí donde China está sacando una ventaja difícil de ignorar frente a Europa y Estados Unidos.

Los datos son contundentes. Mientras en países occidentales una planta nuclear puede tardar entre 15 y 19 años en construirse, en China el promedio ronda los 6 años. Incluso en regiones como Asia y Oriente Medio, donde los procesos son más ágiles, los tiempos suelen ubicarse entre 7 y 9 años, todavía por encima del estándar chino.

El costo también marca una diferencia significativa. A nivel global, el desarrollo de una central nuclear puede oscilar entre 24.000 y 60.000 millones de dólares. Sin embargo, China ha logrado reducir el costo a unos 2.500 dólares por kilovatio, frente a los casi 8.500 dólares/kW del promedio mundial.

Ejemplos internacionales ilustran esta brecha. En Reino Unido, el proyecto Hinkley Point C ha sufrido retrasos prolongados y se estima que superará los 50.000 millones de dólares. En Estados Unidos, la planta Vogtle Unidad 4 tardó 11 años en completarse con un costo cercano a los 35.000 millones. Incluso proyectos más eficientes, como la central Barakah en Emiratos Árabes Unidos, necesitaron 9 años para finalizar.

La diferencia, entonces, no responde únicamente a factores técnicos, sino a un modelo industrial profundamente distinto.

El éxito de China en la construcción de centrales nucleares se apoya en dos pilares clave: una cadena de suministro nacional sólida y la aplicación de economías de escala.

A diferencia de muchos países occidentales, donde los proyectos dependen de proveedores internacionales y enfrentan interrupciones logísticas, China ha desarrollado una red interna que le permite reducir costos, minimizar retrasos y mantener estabilidad en la ejecución. Esta autonomía industrial se traduce en una mayor capacidad de planificación a largo plazo.

A esto se suma una abundante mano de obra calificada en todos los niveles del proceso, desde la ingeniería hasta la construcción. El resultado es una ejecución más fluida y menos expuesta a imprevistos externos.

El segundo factor determinante es la estandarización. China ha convertido la construcción de centrales nucleares en un proceso casi industrial, similar a una línea de montaje. Al replicar diseños y procesos, logra reducir tiempos, optimizar recursos y abaratar costos de manera sostenida.

Este enfoque contrasta con el modelo occidental, donde cada planta suele desarrollarse como un proyecto único, con mayores niveles de complejidad y menor capacidad de aprendizaje acumulativo.

Corea del Sur es el único país que se acerca a este modelo, con costos entre 3.500 y 4.500 dólares por kilovatio, gracias a una estrategia similar basada en estandarización y producción a gran escala.

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