La desaparición de los Neandertal sigue siendo uno de los grandes enigmas de la paleoantropología. ¿Fueron exterminados por los Homo sapiens? ¿Los derrotó el clima? ¿Las enfermedades?
El arqueólogo francés Ludovic Slimak propone ahora una teoría más provocadora: los neandertales no fueron aniquilados desde fuera, sino que colapsaron desde dentro. Una suerte de “suicidio social” provocado por su rigidez cultural y su aislamiento.
En su libro El último neandertal, Slimak sostiene que ciertos grupos neandertales optaron por el aislamiento extremo incluso cuando tenían poblaciones vecinas relativamente cerca. No se trataría de una imposibilidad geográfica, sino de una elección cultural: evitar el contacto, no mezclarse, no integrarse en redes más amplias.
Para el investigador, esa falta de interconexión los volvió frágiles ante cualquier presión externa.
La pieza clave de su argumento es un neandertal apodado “Thorin”, cuyos restos fueron hallados en la cueva de Mandrin, en Francia. El análisis genómico, publicado en la revista Cell Genomics, reveló que este individuo vivió hace entre 42.000 y 50.000 años y pertenecía a un linaje que llevaba unos 50.000 años genéticamente aislado.
Lo más llamativo es que existían otros grupos neandertales a apenas unas semanas de caminata, pero no hubo intercambio genético. Tampoco con sapiens, que ya rondaban la región.
Para Slimak, esto no sería casualidad, sino el reflejo de una cultura basada en pequeños clanes independientes, sin redes amplias de cooperación.
Slimak plantea un contraste entre dos “esferas mentales”:
- Modelo sapiens: comunidades extensas e interconectadas. Si un grupo sufría una crisis —una sequía, escasez de recursos— la red más amplia podía sostenerlo.
- Modelo neandertal: grupos pequeños, creativos e independientes, pero fragmentados y sin conexiones sólidas con otros clanes.
Según esta visión, cuando los sapiens —con redes sociales más complejas y resilientes— se expandieron por Europa, la estructura neandertal simplemente no pudo competir.
Slimak utiliza la palabra “suicidio” como metáfora. No sugiere una autodestrucción consciente, sino un colapso cultural: una cosmovisión que dejó de ser viable frente a un entorno cambiante y a la presencia de un competidor más adaptable.
Sin embargo, la mayoría de la comunidad científica prefiere explicaciones más demográficas y menos psicológicas.
Los modelos más aceptados apuntan a una combinación de factores:
- Demografía reducida: poblaciones pequeñas y dispersas son más vulnerables a fluctuaciones mínimas en natalidad o supervivencia.
- Deriva genética: pequeños grupos pueden extinguirse en pocos miles de años ante ligeras desventajas.
- Endogamia: análisis genéticos muestran altos niveles de consanguinidad, lo que pudo reducir fertilidad y resistencia biológica.
- Ventaja social sapiens: redes amplias que facilitaban cooperación, intercambio de recursos e innovación tecnológica más rápida.
En este marco, no sería necesario invocar una “decisión cultural” de aislamiento, sino simplemente una desventaja estructural frente a poblaciones más numerosas y conectadas.
La hipótesis del “suicidio neandertal” resulta poderosa porque introduce un elemento casi filosófico: la posibilidad de que la rigidez cultural pueda ser tan letal como una guerra o una catástrofe climática.
Aunque no sustituye al consenso científico, la propuesta de Slimak reaviva una pregunta fundamental: ¿qué pesa más en la supervivencia de una especie, la biología o la capacidad de adaptarse socialmente?
Quizá la desaparición de los neandertales no tenga una única causa, sino que fue el resultado de una tormenta perfecta donde genética, clima, demografía y cultura convergieron en el peor momento posible.

