elegir emociones claudia mon

Hay un mapa que no me he podido quitar de la cabeza. Lo recibe Michael Thomas, personaje de una novela de la serie Kryon, en pleno camino peligroso. Lo desenrolla esperando rutas y atajos, y encuentra una flecha con tres palabras: “Estás aquí”. Lo guarda, decepcionado.

A mí me parece el mapa más honesto que existe. Casi nunca queremos saber dónde estamos parados; queremos saber hacia dónde correr.

Creo que la conexión con Dios, con el Espíritu, con el nombre que cada quien le dé, empieza justo ahí: en detenerse y reconocer el lugar exacto, sin maquillaje. Con la deuda, el duelo o la duda a cuestas. Antes de pedir, mirar.

Y cuando pedimos, ¡cómo pedimos! Muchas oraciones son solicitudes de aprobación disfrazadas. Kryon lo ilustra con una escena de todos los días. Alguien tiene que mudarse y tiene tres o cuatro opciones; ninguna lo convence del todo, salvo la de su amiga Sally. Entonces reza: «Querido Espíritu, déjame tener esa opción con Sally». Ya escogió la salida y le pide a Dios que la selle. Eso no es conversar; es dictar.

La oración que propone el texto es otra, y cabe en dos líneas: “Querido Espíritu, muéstrame qué hacer. Hazme saber lo que necesito saber”. Sin condiciones y sin nombre propio.

Falta hablar de la espera, la parte que nadie quiere. El reloj corre, los plazos aprietan y el cielo parece mudo. Según Kryon, el Espíritu ve lo que nosotros no vemos, lo que hacen los demás y lo que decide cada libre albedrío, y espera hasta el último momento posible para que encajemos en el mejor lugar. Lo que nos parece silencio, en su explicación es un trabajo de precisión.

Y cuando por fin llega la respuesta, puede no ser la que queríamos. En la escena de la mudanza, la intuición dice «Joe», un nombre que nuestro personaje ni había contemplado. Joe resulta tener, desde hacía apenas unas horas, algo maravilloso y por menos dinero. La pregunta que más incomoda del mensaje es entonces esta: ¿le permito a Dios darme algo mejor de lo que pido, aunque no sea lo que yo quería?

Estoy convencida de que esa conexión marca la diferencia en estos tiempos. No porque nos libre de decidir, pues la decisión sigue siendo nuestra y obedecer a la intuición cuando dice Joe y no Sally exige humildad. Sino porque nos recuerda que no caminamos con un mapa en blanco y a solas.

El mensaje finalmente apunta a una invitación: darse permiso para ser amado. ¿Qué tal si la oración más difícil no sea pedir, sino dejarse querer?

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