Es imposible pasar por alto que hace ya una década Colombia fue llamada a
las urnas para responder una pregunta que para el entonces aparentemente
parecía resumir uno de los mayores anhelos de nuestra historia, ¿apoyaba el
Acuerdo Final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz
estable y duradera?
El resultado de aquel 2 de octubre de 2016, aperturo una de las discusiones
políticas y sociales más profundas de nuestra historia reciente, pero hoy diez
años después, tal vez la pregunta ya no debería ser quién tuvo la razón, aquí
el cuestionamiento es mucho más incómodo: ¿Aprendimos a vivir en paz?
Porque podemos pasarnos la vida entera discutiendo quién ganó, quién
perdió, quién tuvo la culpa o quién debió hacer las cosas de otra manera,
continuaremos con los cambios de Gobierno, de partido, de discurso y hasta
de enemigos, pero si como Colombianos seguimos odiándonos por pensar
diferente, la realidad es que no hemos avanzado tanto como creemos.
Colombia sigue siendo un país donde una discusión política puede terminar
rompiendo amistades, familias y comunidades, un odio que se expande
rápidamente gracias a la influencia y alcance de las redes sociales, porque
muchas veces ya no conversamos, descalificamos, no escuchamos
argumentos, buscamos errores, porque no queremos comprender al otro,
queremos exhibirlo.
Y aquí aparece una contradicción que deberíamos mirar de frente, somos
capaces de hablar de reconciliación, pero nos cuesta reconciliarnos con
quien piensa diferente, hablamos de respeto, pero muchas veces solo
respetamos al que está de acuerdo con nosotros, hablamos de paz,
mientras de manera personal alimentamos pequeñas guerras
personales todos los días.
Porque mientras nosotros discutimos, desde la comodidad de nuestro sofá o
nuestro hogares, existen regiones del país donde esta violencia no es solo
una simple opinión de redes sociales, es una realidad tangible que
determina si una familia puede salir, si el comerciante puede abrir su
negocio, si las comunidades pueden reunirse o si un líder social o defensor
de derechos humanos puede seguir haciendo su trabajo.
Cifras reportadas por la Defensoría del Pueblo, registran que 67 líderes,
lideresas, defensores y defensoras de derechos humanos han sido
asesinados entre enero y mayo de 2026, dicha entidad ha contabilizado
aproximandamente 1.732 asesinatos de personas dedicadas a la defensa de
los derechos humanos y al liderazgo social comunitario desde dicha fecha.
Diez años… 1.732 nombres y detrás de cada uno, una familia.
Ellos jamas deberían ser simplemente estadísticas, porque son sillas vacías,
son hijos que preguntan, son padres que esperan, son comunidades ypersonas que pierden a quien levantaba la voz por ellas, porque detrás de
cada nombre hay una historia que Dios conoce, una familia que queda
marcada y una comunidad que vuelve a preguntarse cuánto más tendrá que
soportar; por esto y mucho mas, resulta imposible hablar de paz solamente
desde los grandes discursos.
La paz también debería poder sentirse en el barrio, en la vereda, en la
carretera, en la escuela, en la empresa, en la familia y en la vida de quienes
deciden servir a otros, por eso debemos como sociedad hacernos otra
incomoda pregunta ¿De qué nos sirve hablar de construir país si quienes
intentan construir comunidad terminan siendo asesinados?
Un líder social y un defensor de derechos humanos jamas debería tener que
escoger entre servir a una comunidad y proteger su propia vida, tampoco es
natural, ni deberíamos acostumbrarnos a leer que asesinaron a otro líder y
pasar la página como si se tratara de una noticia más, porque cuando una
sociedad se acostumbra a la muerte y a naturalizarla, definitivamente algo
dentro de nosotros comienza a deteriorarse y a morir; quizá como humanidad
necesitamos recuperar algo que hemos ido perdiendo, la capacidad de llorar
por el dolor que no nos toca directamente.
Tal vez hemos confundido la paz con la ausencia de una guerra abierta,
porque la paz es mucho más exigente, la paz requiere carácter, requiere
aprender a disentir sin destruir, a realmente debatir sin humillar, a corregir sin
odiar, a defender una convicción sin convertir al que piensa distinto en
enemigo.
Y esto no es solamente responsabilidad de los políticos, también es nuestra
responsabilidad, es fácil exigirle a un país que cambie mientras nosotros
seguimos compartiendo odio desde el celular, justificando insultos porque
vienen del lado que defendemos o celebrando la desgracia del que piensa
diferente.
Anhelamos la reconciliación, pero somos incapaces de reconciliarnos con el
vecino, queremos líderes que construyan puentes, pero somos expertos en
levantar muros con cada conversación, queremos que la violencia
desaparezca definitivamente, pero justificamos la violencia verbal cuando
creemos tener la razón.
Entonces, ¿qué hemos aprendido en estos diez años?, quiza todavía
estamos aprendiendo, por eso las palabras del apóstol Pablo siguen
teniendo una fuerza que atraviesa los siglos: Romanos 12:18: “Si es
posible, en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos los
hombres.”
Existen muchas cosas que no dependen de nosotros, porque no podemos
resolver desde una columna todos los conflictos armados del país, ni acabar
de un día para otro con las disputas territoriales, ni garantizar que todos
piensen igual, pero si existen cosas que dependen de nosotros y podemos
controlar, nuestra manera de hablar, de escuchar, la forma en que tratamos al
diferente, lo que le enseñamos a nuestros hijos, lo que compartimos en
redes sociales, lo que toleramos y lo que decidimos no alimentar, porque la
paz que tanto reclamamos para nuestro país comienza mucho más cerca de
lo que imaginamos.
Comienza cuando dejamos de preguntarnos solamente “¿de qué lado
está?” y empezamos a preguntarnos, “¿qué podemos hacer para no
convertirnos en enemigos?”. Diez años después del plebiscito, donde no
puedo afirmar si Colombia aprendió a vivir en paz, pero sí sé que todavía
tenemos la oportunidad de aprender.
Y tal vez ese aprendizaje comience por algo tan sencillo y tan difícil como
entender que pensar diferente no convierte al otro en nuestro enemigo,
porque un país no se destruye únicamente con las armas, a veces también
empieza a destruirse cuando sus ciudadanos dejan de verse como
hermanos.
La paz empieza cuando somos capaces de mirar al que piensa diferente y
recordar que sigue siendo un ser humano, una vida que merece respeto y
una historia que Dios también conoce, mientras haya personas dispuestas a
perdonar, servir, escuchar y dejar de alimentar el odio, la historia todavía
puede escribirse de otra manera.
Porque, al final, quizá eso también significa vivir en paz, hacer nuestra parte,
estar en paz con todos los hombres.


