Imagina que caminas durante 33 años sobre un mismo piso. Lo construiste con madrugones, con entrega, con servicio. Era tuyo. Era tu identidad.

Un día, ese piso deja de estar.

Eso me pasó cuando dejé mi trabajo después de más de tres décadas de servicio público. Al principio pensé que eran vacaciones. Me lo creí por un tiempo. Pero las vacaciones tienen fecha de regreso. Esto no.

Cuando entendí que no lo eran, cuando me vi desaparecida del mundo que había sido mi piso… me derrumbé.

No fue un drama visible. Tampoco un darme cuenta de golpe.  Fue más silencioso, más sutil. Pero ahí, en ese silencio, apareció la pregunta que nadie quiere hacerse:  si ya no soy lo que hacía, ¿entonces quién soy?

Durante años, mi autoestima había estado sostenida por un rol. Por la sensación de ser necesaria, visible, útil. Y mientras eso funciona, no lo cuestionamos. El problema es cuando deja de funcionar.

Ahí entendí algo incómodo: mi valor era externo.  Dependía de una estructura superficial que me devolvía todos los días la sensación de existir. Cuando eso se fue, quedé frente a mí misma. Sin intermediarios. Y ahí empezó algo que no supe nombrar al principio. No era avance. No era claridad. Era sostenerme como podía.

Empecé a hacer algo simple, casi incómodo: detenerme. Bajar el ritmo. Volver a mi respiración. Y hacerme una pregunta distinta a las que me martillaban la cabeza: pasar de “¿qué hice mal?”, a “¿qué necesito ahora?”.  No hay respuestas rápidas. Y tampoco hay orden. Hay días en que uno siente que avanza, y otros en los que vuelve al mismo lugar. Pero hay pequeños gestos que cambian todo.

A veces la respuesta era claridad. A veces era cansancio. A veces era simplemente reconocer que no estaba bien. Y quedarme ahí, en el cuerpo, sin salir corriendo a corregirme. Y eso también cuenta.

Hoy sé que el piso puede volver a temblar. Pero también sé que yo no desaparezco. Porque mi centro ya no está solo en lo que hago, sino en quien soy mientras hago. Y cuando dejo de hacer, sigo siendo.

Si hoy estás en un momento en el que algo se cayó —un trabajo, una relación, una versión de ti—, no intentes reemplazarlo de inmediato. No salgas corriendo a llenar el vacío con cualquier cosa que se parezca a lo que perdiste.

Quédate un momento. Pon una mano en el pecho. Respira más lento. Háblate: “aquí estoy. Doliendo o no, pero aquí estoy.” Porque la autoestima no es sentirse bien todo el tiempo. Es algo más exigente: no se trata de quererse siempre. Se trata de no abandonarse nunca.

Hay pérdidas que no destruyen. Solo revelan dónde no nos estábamos sosteniendo.

Entérate con El Expreso