Más de un año después de haber sido capturados por fuerzas ucranianas en la región rusa de Kursk, el destino de dos soldados de Corea del Norte permanece incierto. Ambos han solicitado ser trasladados a Corea del Sur ante el temor de enfrentar graves consecuencias si regresan a su país.

Según declaraciones recogidas por el diario surcoreano Hankook Ilbo, uno de los soldados afirmó: “No sobreviviré. Todos los demás se inmolaron. Yo fracasé”. Activistas y desertores explican que la doctrina militar norcoreana prohíbe terminantemente la rendición y exige el suicidio antes de caer prisionero.

El régimen de Pyongyang ha inculcado durante décadas la idea de que la captura equivale a traición. Desertores señalan que, históricamente, los prisioneros de guerra que regresaban eran sometidos a trabajos forzados y clasificados como elementos hostiles.

“Es probable que estos detenidos teman consecuencias similares si regresan”, afirmó Peter Oh, de la Asociación Coreana Libre. Además del riesgo personal, existe el temor a represalias contra sus familias, bajo el principio de castigo intergeneracional que rige en Corea del Norte.

El propio régimen ha mostrado recientemente imágenes de Kim Jong-un visitando a familiares de soldados fallecidos en Ucrania, aunque no ha hecho comentarios públicos sobre los dos prisioneros.

El relator especial de Naciones Unidas sobre la situación de derechos humanos en Corea del Norte advirtió en febrero que Ucrania debe cumplir con el protocolo internacional y evitar enviar prisioneros de guerra a lugares donde puedan enfrentar tortura o tratos inhumanos.

La preocupación central radica en que, si Ucrania no alcanza un acuerdo con Seúl, podría verse obligada a entregar a los soldados a Rusia, lo que eventualmente facilitaría su repatriación al Norte.

Según el artículo 3 de la Constitución surcoreana, los ciudadanos norcoreanos son considerados también ciudadanos del Sur y pueden establecerse allí. Sin embargo, el Gobierno del presidente Lee Jae Myung no ha tomado medidas concretas para facilitar el traslado de los prisioneros.

Expertos señalan que el retraso responde a complejas implicaciones diplomáticas que involucran a Ucrania, Rusia, Corea del Norte y Corea del Sur. Otros críticos sostienen que Seúl teme deteriorar aún más sus ya frágiles relaciones con Pyongyang.

“Si solo se tratara de derechos humanos, ya habrían llegado”, afirmó la exiliada norcoreana Kim Eujin, quien cuestiona la falta de voluntad política.

Mientras las negociaciones permanecen estancadas, los dos soldados continúan detenidos en Ucrania, a la espera de una decisión que podría definir no solo su futuro, sino también el de sus familias.

El caso pone de relieve el delicado equilibrio entre diplomacia, derecho internacional y derechos humanos en uno de los conflictos geopolíticos más sensibles del momento.

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