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Credit: relevo

Lo que alguna vez fue uno de los ecosistemas insulares mejor conservados del planeta hoy es un símbolo del colapso ambiental global. La isla Henderson, ubicada en el Pacífico Sur y parte del territorio británico de ultramar de las Islas Pitcairn, fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1988 por su extraordinaria biodiversidad y su aislamiento geográfico. Sin embargo, en la actualidad sus playas están cubiertas por toneladas de basura plástica.

Con apenas 37 kilómetros cuadrados de superficie, Henderson era considerada uno de los pocos atolones prácticamente intactos del mundo. Su valor científico residía en la presencia de especies endémicas y en un ecosistema que había evolucionado sin intervención humana directa. Pero el aislamiento no fue suficiente para protegerla de la contaminación global.

Investigaciones recientes estiman que en apenas 2,5 kilómetros de costa se han acumulado cerca de 18 toneladas de residuos. Cada día llegan aproximadamente 3.750 nuevos objetos de plástico, lo que equivale a una densidad de basura hasta 100.000 veces superior a la media mundial.

La mayoría de los desechos son transportados por el Giro del Pacífico Sur, una vasta corriente oceánica que concentra basura flotante proveniente de distintos continentes. Entre los objetos encontrados hay botellas, redes de pesca, boyas, cubos, utensilios de cocina y juguetes infantiles.

Lo más alarmante es que cerca del 68 % de los residuos permanece enterrado bajo la arena, a unos diez centímetros de profundidad, con una concentración que supera los 4.500 fragmentos por metro cuadrado. Esto convierte a Henderson en uno de los puntos con mayor densidad de plástico registrada en el mundo.

La contaminación ha afectado gravemente a las aves marinas que anidan en la isla. Muchas ingieren fragmentos de plástico al confundirlos con alimento, lo que provoca obstrucciones internas, desnutrición y muerte. Se estima que más del 55 % de las especies de aves marinas del planeta ya están afectadas por la contaminación plástica.

También los cangrejos terrestres han modificado su comportamiento ante la invasión de residuos. Privados de refugios naturales, utilizan tapas de botellas, envases de cosméticos o restos de juguetes como sustitutos de sus caparazones. Investigaciones lideradas por la científica Jennifer Lavers han documentado casos simbólicos, como el de un cangrejo que utilizaba la cabeza de una muñeca rota como vivienda.

El plástico no solo daña directamente a la fauna, sino que altera la temperatura del suelo, modifica la composición química de la arena y facilita la llegada de especies invasoras, rompiendo el delicado equilibrio ecológico insular.

Pese a su estatus como Patrimonio de la Humanidad, la isla carece de programas permanentes de limpieza y de medidas efectivas para frenar la llegada de residuos. Científicos han advertido reiteradamente que la situación refleja la insuficiencia de las políticas internacionales frente a la contaminación oceánica.

La tragedia de Henderson es un recordatorio contundente de que la contaminación plástica no reconoce fronteras. Incluso los lugares más remotos del planeta están pagando el precio de un modelo de consumo global que produce millones de toneladas de residuos cada año.

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