A finales de la década de 1960, el caballo de Przewalski, el último caballo verdaderamente salvaje del planeta, desapareció por completo de la naturaleza. La caza directa, la pérdida de hábitat y la presión humana llevaron a la extinción en libertad de una especie que había sobrevivido durante miles de años en las estepas de Asia central.
Lo que entonces parecía un final definitivo se convirtió, décadas después, en uno de los proyectos de conservación más ambiciosos y exitosos del mundo. Diez años después de su reintroducción en el desierto chino, los resultados han dejado sin palabras a los científicos.
Un regreso planeado durante décadas
La supervivencia del caballo de Przewalski fue posible gracias a un pequeño grupo de ejemplares que permanecieron en zoológicos y centros de cría europeos. A partir de ellos, se inició un programa de reproducción extremadamente controlado, en el que cada cruce fue cuidadosamente planificado para evitar problemas genéticos.
China se sumó a este esfuerzo en 1986, cuando comenzó la reintroducción progresiva de la especie en la cuenca de Junggar, en la región de Xinjiang, al norte del país. No se trató de liberar a los animales de forma inmediata: primero pasaron por grandes recintos abiertos donde aprendieron a orientarse, localizar agua y sobrevivir a temperaturas extremas y tormentas de arena.
El margen de error era mínimo. El caballo de Przewalski llevaba extinto en libertad desde 1969 y la población reproductora viable apenas superaba la docena de individuos en todo el mundo.
Un animal único, nunca domesticado
A diferencia del caballo doméstico, el caballo de Przewalski nunca fue domesticado. Es bajo y robusto, con músculos densos, patas cortas y fuertes, una cabeza grande y una crin corta y erguida sin flequillo. Su pelaje, de tonos arena, conserva marcas primitivas visibles.
A nivel genético, posee 66 cromosomas, dos más que el caballo doméstico, lo que confirma su linaje independiente. Estas características fueron clave para seleccionar a los individuos más resistentes antes de su liberación.
El desierto empieza a cambiar
Hoy, las manadas recorren entre cinco y quince kilómetros diarios, se reproducen con normalidad y ocupan zonas cada vez más amplias. A comienzos de 2026, China supera los 900 caballos de Przewalski en libertad, mientras que Mongolia y Kazajistán desarrollan proyectos paralelos.
Pero el mayor impacto no se mide solo en número de animales, sino en el cambio del ecosistema. Los científicos han observado que el simple movimiento de los caballos rompe la costra dura del suelo desértico con sus cascos, permitiendo que el agua de lluvia penetre en la tierra.
Este proceso activa semillas que llevaban años sin germinar y reactiva microorganismos esenciales para la vida del suelo. Además, el estiércol aporta nutrientes, acelera la recuperación de los pastos y favorece el regreso de insectos, aves y pequeños mamíferos.
Por qué los caballos logran lo que los árboles no pudieron
Durante décadas, China apostó por la plantación masiva de árboles para frenar la desertificación, con resultados desiguales. En muchas zonas, los árboles no lograron arraigar porque el suelo estaba biológicamente muerto.
El caballo de Przewalski aporta algo que los árboles no pueden ofrecer por sí solos: movimiento constante. Esa dinámica mantiene el suelo vivo y evita que la arena vuelva a avanzar.
Actualmente, la población mundial de esta especie ronda entre 2.500 y 3.000 individuos, y los modelos científicos indican que, si el crecimiento se mantiene, las manadas podrían influir de forma estable en amplias zonas del norte de China durante las próximas décadas.
El regreso del caballo de Przewalski no solo representa una victoria para la conservación animal, sino también una lección ecológica inesperada: a veces, la clave para salvar un ecosistema no está en intervenir más, sino en devolverle a la naturaleza a quienes siempre formaron parte de ella.

